28 dic. 2007

Economía natural y economía de mercado

Este señor tan sonriente es Alan Page Fiske, el responsable de elaborar una de las teorías más completas sobre la socialidad humana. Distingue cuatro formas elementales de socialidad: en el reparto comunal (RC) el intercambio es igualitario porque se da por supuesto que "todo es de todos"; en el ajuste de igualdad (AI) el intercambio está restringido por las reglas de la reciprocidad: "si me rascas la espalda, yo rascaré la tuya", y en el rango de autoridad (RA), el intercambio está mediado por la posición que los sujetos ocupan en el campo de jerarquías sociales. RC es el intercambio típico que suele darse espontáneamente entre familiares y amigos íntimos, y ha constituído también la base de todas las utopías comunitarias y socialistas. AI es una clase de cambio universal que se da entre miembros de la comunidad, pero empieza a extenderse a relaciones extracomunitarias y los primeros indicios de relaciones comerciales. Y las relaciones basadas en la autoridad (RA) son también omnipresentes en todas las sociedades humanas. Sin embargo, Fiske destaca una cuarta forma elemental de socialidad, el precio de mercado (PM), que no se ha desarrollado en toda época y lugar.

La economía de mercado no es un órden completamente espontáneo si tomamos como parámetros positivos los distintos estadios de evolución cultural que han atravesado las sociedades humanas. También convendría no confundir simplemente los primeros intercambios de objetos a larga distancia (se ha documentado el "comercio" a grandes distancias ya desde la edad de piedra) con la economía de mercado como tal. Pinker (Pág. 537) tiene razón al señalar que una economía de mercado no podría tener lugar en una cultura sin lenguaje escrito, o cuyo sistema numérico se detuviera en el "3", pero comete un claro exceso semántico al asegurar que el precio de mercado se sitúa "fuera del reino de la naturaleza humana". En todo caso, el mercado estaría ubicado "fuera de la naturaleza humana" sólo en el sentido en que también lo está el conceptual art con respecto a las pinturas rupestres, o la física newtoniana con respecto a las intuiciones innatas sobre el tiempo y el espacio.

No nos arriesgamos mucho si aseguramos que la economía de mercado ha producido el mundo tal y como lo conocemos. El historiador económico Gregory Clark lanzaba la hipótesis de que la "actitud capitalista" podría haber coevolucionado genéticamente, y no sólo culturalmente -una idea que acaso parece más verosímil tras lo que hemos conocido sobre la evolución humana reciente. Pese a todo, el carácter aparentemente antinatural del mercado suele plasmarse en al menos cuatro tipos de aversión desde la psicología popular, y desde las teorías económicas expertas basadas en las intuiciones populares:

1) Desde la "economía natural" los objetos parecen atesorar un valor propio, algo que choca con la evidencia de que el precio de mercado depende de lo que los consumidores estén dispuestos a pagar por una mercancía. Todavía Adam Smith mantenía la idea bastante arcaica de que las mercancías poseen valores intrínsecos o identificables con el "trabajo".

2) Pese al servicio indispensable prestado por la clase de comerciantes e intermediarios financieros en la economía de mercado, la mayoría de los prejuicios culturales apuntan todavía a contemplar a esta clase como un "parásito" social. Algunos ejemplos de esta predisposición son la utopía española de fundar en la América colombina una sociedad sin mercaderes, el desprecio de Lenin por la profesión contable, o simplemente la oposición popular a toda clase de "intermediarios".

3) Desde la prohibición del crédito entre los primeros israelitas hasta la "plaga del interés" denunciada por Lutero, casi todas las tradiciones culturales más arraigadas rechazan el interés como algo inmoral. Sin embargo, desde el punto de vista de la economía de mercado, es una evidencia que el dinero adquiere un valor diferente con el paso del tiempo, y que el crédito es una institución indispensable para la economía comercial.

4) Una economía de mercado lo suficientemente compleja ha coevolucionado junto con instituciones políticas y económicas que nunca han dejado de generar toda clase de suspicacias populares e incluso algunas expertas: bolsas, bancos centrales, ministerios y organismos reguladores &c. No sólo el anticapitalismo de los románticos sino también el anarquismo de mercado o el agorismo populista deberían ser entendidos como formas nostálgicas de la economía natural, donde el poder (económico y político) no podía asignarse a instituciones separadas de la sociedad.

Como resultado, la psicología popular a menudo fracasa a la hora de clasificar a la economía de mercado como un modo de relación social solidaria. En general, el precio de mercado se entiende como una forma de relación depredadora y egoísta -frente al "precio justo"-, a pesar de que en más de un sentido puede considerarse la forma más exitosa conocida de "solidaridad" humana. Paradójicamente, el llamado "precio justo" podría considerarse el injusto por excelencia desde la óptica de la economía de mercado.

En un futuro no muy lejano ni inaccesible, es posible que la economía de mercado deje de entenderse como una economía no natural. Pero antes de superar las inveteradas controversias entre distintas escuelas e ideologías, es imprescindible avanzar hacia la consiliencia de la ciencia económica con el resto de las ciencias naturales, conectando la filosofía y la historia económica con la neuroeconomía. Los neuroeconomistas y psicólogos experimentales están obligados a moderar la ideología implícita de los economistas, del mismo modo que los primatólogos o los sociobiólogos han moderado el moralismo implícito de los filósofos. De lo contrario, deberemos conformarnos con escuchar los aullidos sectarios habituales, abandonando toda esperanza de alcanzar un acuerdo sobre el significado real de la "ciencia económica".