11 dic. 2007

De lobos y abejas

El nuevo trabajo publicado este mes en conjunto por David Sloan Wilson y Edward O. Wilson ya ha comenzado a provocar las habituales controversias sobre las implicaciones políticas de la biología social. El meollo polémico radica en que los "dos Wilson" reivindican ahora las hipótesis de selección multinivel, rechazando consecuentemente una de las asunciones centrales en la primera "síntesis".

A pesar de que la crítica inicial de George C. Williams no había desterrado la selección de grupo, la reservaba únicamente para cuando fallaran las hipótesis alternativas, basadas principalmente en la selección individual genética. Se creía que la selección de grupo era una hipótesis residual, teóricamente poco plausible y con escaso apoyo empírico. Sin embargo, a partir del trabajo de David Sloan Wilson y Elliot Sober, la selección de grupo -inicialmente sugerida por el propio Darwin- retornó al centro de las discusiones. A la vez que se rechazaba la forma naïve de la selección grupal (es decir, la idea de que las especies evolucionan gracias al "sacrificio" de individuos altruístas), los biólogos empezaban a apostar por hipótesis de nivel múltiple que ya no discriminaba el papel de los grupos en la selección natural.

El principal adversario de la hipótesis grupal era -y hasta lo que sé, continúa siendo- Richard Dawkins, que había propuesto la idea del egoísmo genético como marco explicativo del altruísmo. La "perpetuación de la especie", según esto, sólo podía considerarse un resultado secundario del egoísmo de los genes, pero no el principal motor de la selección -tal como había sugerido Robert Ardres en The social contract. La selección de grupo era inconsistente con el papel que los individuos rebeldes a buen seguro jugarían en la evolución. Por añadidura, muchos de los ejemplos de altruísmo podrían ser solo aparentes, como el caso de las abejas kamikaze y las hormigas "ollas de la miel" estériles, o el de las gacelas saltando en presencia de los depredadores con el aparente propósito de atraer suicidamente su atención.

Coincidiendo con la rectificación de los dos Wilson algunos medios especialmente inclinados hacia la izquierda no están perdiendo la oportunidad de cantar victoria. Un comentarista de The Huffington Post, por ejemplo, considera que la supuesta despedida del "gen egoísta" también corre pareja con la caída del cowboy conservador, individualista y libertario...De lobos hobbesianos solitarios pasamos a ser ovejas cooperativas.

¿En qué sentido la selección de grupo favorece una interpretación "progresista" -y me refiero a su versión más utópica? Hay que comenzar reconociendo que este retorno de los grupos no apoya la idea de una naturaleza humana necesariamente más pacífica o menos egoísta. Al fin y al cabo los grupos compiten entre sí, e incluso la moralidad es un dispositivo según todos los indicios evolutivos surgido a raíz de la diferencia entre nosotros y ellos. Del mismo modo que los leones no se abstienen de cazar a los antílopes "por el bien de los mamíferos", tampoco cabe esperar que la humanidad abandone el tribalismo y las divisiones nacionales sobre la simple base de su biología social. Por supuesto, esta misma base biológica no prohibe las tesis del "humanismo secular", pero obliga a recorrer sus posibilidades prácticas con la debida cautela y una actitud más realista.

El hecho es que la selección de grupo no anula el egoísmo, sino que lo envuelve. Del mismo modo que en el ámbito económico la teoría de la firma no desautoriza la iniciativa individual, puesto que las empresas son formaciones en evolución debido a su capacidad para disminuir los costes de transacción, la selección entre grupos biológicos no desautoriza el egoísmo básico de los organismos individuales. El ser humano es un animal hipersocial porque la puesta en común de los recursos, la reciprocidad y la división del trabajo favorecen la eficacia biológica de los individuos más dispuestos a cooperar. Por eso es plausible que nuestra especie haya desarrollado mecanismos epigenéticos para detectar y purgar a los freeriders -individuos que se aprovechan del trabajo ajeno. Lo que, por cierto, no nos convierte en animales comunitarios a la manera de las abejas o las hormigas. Aunque sea justamente esto lo que parece tener en la cabeza un comentarista utópico socialista:
La idea socialista de comunidad, por su parte, se concreta en el principio según el cual yo te presto un servicio a ti, no por lo que pueda obtener de ello para mi beneficio personal, sino porque tu lo necesitas, y viceversa. Este “y viceversa” significa que solo podemos considerar que el ideal socialista de comunidad está funcionando cuando los individuos sirven y son servidos según sus necesidades. La conjunción es, pues, importante. Si yo te sirvo a ti sin tener en cuenta mi beneficio personal sino solamente tu necesidad pero tu no haces lo mismo, lo que está funcionando no es el ideal de comunidad, sino un simple y llano aprovechamiento por tu parte. “Sirvo cuando los otros lo necesitan y soy servido por ellos cuando lo necesito” podría ser el lema del ciudadano idealmente socialista.
Nietzsche calificó adecuadamente esta modalidad histórica como la "moral del esclavo", una especie de sociedad de minusválidos perpetuos codependientes, donde la "caridad" pretende sustituir el egoísmo inveterado de nuestra raza caída. Pero la máxima de "Servir cuando los otros lo necesiten y soy servido por ellos cuando lo necesito" es solo formalismo grosero, y ni siquiera creo que pueda identificarse con una teoría política socialista seria. En ningún momento especifica el contenido de estas "necesidades" ni cómo alcanzarlas: ¿Está la comunidad obligada a satisfacer necesidades infinitas e indeterminadas? ¿Y quién sería entonces el árbitro de la legítima necesidad, si existe, en esta comunidad ideal? ¿Cómo explicar las relaciones de mercado, claramente no basadas en la benevolencia mutua, dentro de este modelo ético?

La "moral de la colmena" es políticamente dañina precisamente por su aéreo desprecio de la naturaleza humana, por su absoluta falta de consiliencia. Ni las primeras hipótesis del egoísmo genético, ni la selección de grupo, ni las hipótesis multinivel -es decir, ninguna de las versiones factibles de biología social- favorecen la idea de una sociedad humana donde la reciprocidad sea el principio de una verdadera legislación universal -para decirlo con Kant. Tampoco encontramos ejemplos históricos de reciprocidad universal, sino una buena colección de fracasos, desde las primeras comunas místicas del medioevo hasta el kibbutz. Además, la teoría de la selección del parentesco predice que el grado de altruísmo y reciprocidad dependerá -tal y como cada uno de nosotros experimentamos normalmente en nuestras vidas- del grado de semejanza genética entre los individuos. Así mismo, tampoco podemos fingir que las reglas de la reciprocidad y el reparto comunitario, que empiezan en el núcleo familiar, no se debilitan de hecho a medida que pasamos al nivel de la familia extendida, la tribu, la comunidad, el estado, la humanidad, los grandes simios...

En suma, la "moral de la colmena" que satisface la vida de las comunidades de hormigas, abejas y termitas (cuyo grado de parentesco -r- se acerca al 100% r=1), resulta muy poco eficaz cuando se trata de animales políticos complejos como nosotros (emperentados genéticamente de modo mucho más remoto), egoístas y cooperativos. Se trata del mismo problema tradicional del imperativo Ama a tu prójimo como a tí mismo ya presente en la Torah, y que inicialmente sólo podía referirse a los miembros de la propia comunidad. Expresado en términos de la teoría de la selección del parentesco significaría algo como Ama a tu prójimo como si r=1. Como si todos vuestros genes fueran idénticos.

P.S. Se ha creado un blogroll para bitácoras de filosofía.