15 oct. 2007

Darwinismos

Hace tiempo John Wilkins publicó una interesante entrada en su bitácora justificando que la "incoherencia del darwinismo" recomendaba suprimir el uso de la palabra y su sustitución por términos técnicos más precisos: filogenia, selección, deriva, mutación, sociobiología, etcétera. ¿Tiene sentido seguir hablando hoy de "darwinismo"? Wilkins tenía razón al señalar que no hay un sólo darwinismo, sino varios, cada uno sugiriendo un conjunto de hipótesis en buena medida heterogéneas. En primer lugar, porque muchas de las hipótesis iniciales de Darwin no son respaldadas por la biología moderna e incluso son explícitamente rechazadas por el paradigma sintético o "neodarwinista" surgido en los años treinta del siglo pasado: las dificultades que presentaba la hipótesis de la "pangenesis" en cierto modo no resistieron la objeción clásica de Fleeming Jenkins, y la idea de los caracteres adquiridos tampoco terminó formando parte de la "síntesis", pongamos por caso. En segundo lugar, porque el mismo término titular se ha prestado tradicionalmente a interpretaciones políticas y filosóficas bastante equívocas, desde el liberalismo progresista de Herbert Spencer (darwinismo social) hasta la amalgama de misticismo y evolucionismo defendida por Haeckel.

La "muerte" o incluso la peligrosidad social del "darwinismo" no sólo es anunciada por los toques de trompeta del Diseño Inteligente, sino en ocasiones por muchos filósofos y científicos serios que vaticinan, de cuando un cuando, un siempre aplazado cambio de paradigma. El cuestionamiento del gradualismo o del adaptacionismo por Stephen Jay Gould recientemente rescatado por Jerry Fodor, o el enfoque conocido como "Evo-Devo" podrían servir como ejemplos.

¿Por qué el "darwinismo" sigue vivo? A mi juicio, buena parte de esta confusión quizás podría resolverse si fuera posible distinguir con más cuidado entre los debates científicos propiamente dichos, que sin duda piden una mayor concreción terminológica y categorial, y las interpretaciones filosóficas que inevitablemente generan, no sólo entre los biólogos profesionales, sino entre académicos y estudiosos procedentes de disciplinas muy diversas que también emplean un enfoque "evolutivo".

Convendría destacar que el "darwinismo" es más una filosofía que una ciencia, técnicamente hablando. Precisamente porque la "peligrosa idea de Darwin" ha dejado de ser patrimonio de los biólogos o de los científicos "naturales" (en realidad, las mismas ciencias humanas influyeron decisivamente en Darwin desde el principio, y el propio concepto de "evolución" fué conocido y desarrollado antes por los "humanistas" que por los naturalistas), provocando poderosas reacciones en cadena en todo el dominio del saber humano.

La esencia del darwinismo quizás podría sintetizarse teniendo encuenta estos tres elementos o ejes: la idea de "selección natural", la idea de que puede existir un orden sin diseño, y el postulado de continuidad entre naturaleza y cultura. Los dos primeros ejes tienen que ver sobre todo con mecanismos físicos y naturales. El último, con la epistemología y la ontología.


Selección natural

Aunque este punto de vista no es aceptado por todos los evolucionistas (R.A. Fisher: "La evolución no es la Selección Natural") la selección natural permanece como el único proceso natural conocido capaz de construir organismos funcionalmente adaptados a sus entornos ecológicos. La selección natural explica no sólo el origen de la variabilidad viva, sino también el papel fundamental de la competencia por la existencia e incluso de la muerte de los individuos a fin de que el tamaño de las poblaciones se mantenga constante. Darwin emplea varias veces en El origen de las especies la expresión "economía de la naturaleza": en un mundo de recursos escasos, el potencial ilimitado para el crecimiento de las poblaciones debe ser estabilizado por una selección natural resistente a la entropía (actualmente los biólogos distinguen hasta cuatro tipos de selección: estabilizadora, direccional, disruptiva y balanceada).

Orden sin diseño

La idea de que puede haber orden natural sin el concurso de un creador quizás es el aspecto más polémico en los textos de Darwin, sin perjuicio de que él mismo pudiera mantener un creacionismo ontológico o metafísico más sofisticado, no necesariamente ateo. Pero lo cierto es que la teoría de la evolución por selección natural ofrece una explicación sobre el origen de la variación de la vida sin recurrir al diseño "inteligente" específico. El "algoritmo de Darwin" destruye el finalismo o teleologismo que era comúnmente aceptado por casi todos los teólogos y naturalistas, lo que no desautoriza del todo la idea de "progreso" o "aumento de complejidad", sino sólo su pretensión de ubicuidad o inevitabilidad "metafísica".

Es necesario insistir en que la idea de "evolución" no pertenece en exclusiva a la ciencia biológica. Este "orden espontáneo" descubierto por Darwin en el mundo vivo puede abarcar también con éxito el mundo social y político dentro de un "programa de investigación", para decirlo al modo de Lakatos, mucho más amplio al de las ciencias biológicas. Una "extensión analógica" que presupone, como cuestión de principio, la ruptura del postulado de discontinuidad de naturaleza y cultura, todavía común en la Academia.

Continuidad entre naturaleza y cultura

Desde el primer capítulo de El origen del hombre, Darwin se propone ofrecer razonamientos y testimonios sobre la procedencia del ser humano de alguna "forma inferior" de vida, probando en consecuencia que "no hay diferencia esencial en las facultades del hombre y mamíferos superiores". Desde el instinto de comunicación a los sentimientos, la racionalidad, la moralidad o la misma idea de propiedad, el esfuerzo del naturalista inglés consiste en acreditar que, pese al abismo que separa al "hombre más bajo del animal más elevado", sin embargo las diferencias consisten en el grado y no en la esencia.

No puede afirmarse que este audaz postulado de continuidad entre naturaleza y cultura haya repercutido en un acercamiento de las ciencias humanas y naturales. De Marx a Durkheim, pasando más tarde por la escuela boasiana o de "cultura y personalidad", el saber convencional (llamado en otro lugar "Modelo Standard de las Ciencias Sociales") determinaba un modelo que enajenaba naturaleza y cultura: Omnis cultura ex cultura.

Según el postulado de continuidad, que será sistemáticamente escéptico con las posiciones "emergentistas" que nos refieren supuestas "rupturas de nivel" entre las explicaciones sociológicas, culturológicas o políticas, la cultura humana es una expresión del fenotipo extendido y, en consecuencia, una parte esencial de la naturaleza humana.

Ser "darwinista", en este sentido, equivale a ser partidario de eliminar las barreras administrativas, mentales y epistemológicas que todavía hoy separan las ciencias humanas y las ciencias naturales, análogamente a como el propio Darwin colaboró en el derribo de las (barreras) que segregaban al hombre del resto del reino viviente.