25 mar. 2008

Las mil caras del dualismo I

La ciencia surge de la desconfianza ante las apariencias porque, para decirlo con Heráclito, la naturaleza gusta de ocultarse. De la misma forma, el Proyecto de Naturalización descansa sobre la fértil suposición debida a los atomistas: "Tras las apariencias lo que hay son átomos, y la mente está también hecha de ellos". A saber: mente y realidad física no son substancialmente distintas. ¿Es posible que la audacia naturalista de Demócrito, que también había cuestionado la inmortalidad del alma, provocara el deseo de Platón de quemar sus obras? Según refiere Diógenes Laercio:
Aristoxeno, en sus Comentarios históricos, narra que Platón quería prender fuego a todos los escritos de Demócrito que había logrado reunir, pero que los pirágoricos Amiclas y Clinias lo disuarieron, aduciendo que tal cosa era del todo inútil, puesto que eran ya muchos los que se habían procurado sus libros. Eso es comprensible porque Platón, quien menciona prácticamente a todos los antiguos, jamás recuerda el nombre de Demócrito, ni tan sólo en aquellos pasajes en los que debería estar polemizando con él, pues sabe a ciencia cierta que tendría que enfrentarse con el más grade de los filósofos.
Aunque la tradición filosófica posterior nunca quema del todo el escepticismo ante las apariencias y lo que algunos llamaron el "encanto jónico", el interés por el naturalismo se acelera sin duda gracias al éxito de la ciencia experimental. Si la primera oleada de la "revolución científica", desde el De revolutionibus orbium coelestium (1543) a los Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica (1687) determinó la unidad de las leyes cósmicas y las de la tierra, la segunda oleada abarcó en una misma legalidad natural la evolución de la vida genérica (1859) y específicamente humana (1871). Sin embargo, Darwin no finaliza la revolución copernicana, que desde el desarrollo en el siglo XX de las ciencias cognitivas, la teoría de la información, la psicología evolucionista y la neurociencia, aspira a unificar el campo de las ciencias naturales y humanas, especialmente en relación con la mente humana.

La neurofilosofía inicia con una sospecha razonada: ¿No podría ocurrir que la psicología intuitiva, y buena parte de la filosofía clásica de la mente y la conciencia, llegaran a correr una suerte pareja a la teoría física del impetus o el flogisto? ¿Por qué la psicología intuitiva debería gozar de un estatuto y privilegio superior a la física o la química popular? Así formulaba Patricia Smith Churchland el irresistible punto de partida de la neurofilosofía:
Supongamos que el objeto de la investigación no es la naturaleza del movimiento o de la tierra, sino la naturaleza de la mente. ¿Es posible que la realidad a cerca de la naturaleza de la mente, sus procesos y estructuras, sean también diferentes a sus apariencias?

- Neurophilosophy, Pág. 241
O, regresando algo más atrás, hasta la "epistemología naturalizada" de Quine (1969):
La estimulación de sus receptores sensoriales es toda la evidencia que alguien puede tener para alcanzar, últimamente, su imagen del mundo. ¿Por qué no ver simplemente como procede a construirse esto? ¿Por qué no asentarse en la psicología? Una rendición así de la carga epistemológica a la psicología había sido desaconsejada en los tiempos pasados utilizando un razonamiento circular. Si el objetivo epistemológico consiste en su validación dentro de los principios de la ciencia empírica, incumple su propósito al utilizar la psicología o u otra ciencia empírica en la validación. Sin embargo, semejantes escrúpulos contra la circularidad pierden el sentido una vez que dejamos de soñar con deducir la ciencia de las observaciones. Si ocurre que no podemos entender el enlace entre la observación y la ciencia, estamos bien avisados para emplear cualquier información disponible, incluyendo aquella que es proporcionada por la ciencia cuyo enlace con la observación es precisamente el que tratamos de entender.
Recordemos que la sugerencia de naturalizar la epistemología parte de la crisis de la certeza cartesiana: la autoconciencia como un fundamento inconcuso de la ciencia así como la inmaterialidad de la substancia mental. La misma tradición fundacionalista continuaría en el empirismo clásico, con su distinción entre las verdades necesarias de razón y las verdades empíricas consideradas últimamente contingentes, y en Kant, que continúa distinguiendo nítidamente entre juicios analíticos y sintéticos, razón pura y práctica, naturaleza y moralidad. El esfuerzo teórico kantiano es sin duda tan ingenioso como arbitrario, pero su sistema de las categorías sin embargo sirve para cuestionar el realismo ingenuo de los empiristas clásicos. Dicho en términos modernos: después de Kant sospechamos que no hay "filosofía primera" o evidencias inconcusas para la ciencia, que toda observación está conceptualizada y mediada por teorías fundadas, en último término, en el sentido neurobiológico de la evolución humana. A grandes rasgos, este es el verdadero significado de la revolución naturalista.

Continuará.