8 feb. 2008

Elogio del laicismo frente al diálogo religioso

Hace poco, Freman cuestionaba la "cura homeopática" del fanatismo religioso, una terapia que podría llevarse a cabo de dos maneras 1) o bien afirmando el cristianismo contra el islamismo y las religiones alternativas 2) o bien estableciendo una alianza de "moderados" contra "fanáticos". En términos de la teoría de juegos, la primera versión del "argumento homeopático" supone un juego con resultado de suma cero (el cristianismo gana, todas las demás religiones pierden) y la segunda un resultado positivo (todas las religiones moderadas ganan).

Ambas estrategias están condenadas al fracaso porque la "pluralidad" de religiones libre del arbitraje político no puede ser realmente una "alianza" o un "diálogo", sino una lucha fratricida, un juego de suma negativa en el que todos pierden. Ante todo, no es previsible que alguna versión especialmente agresiva del cristianismo logre predominar sobre las demás religiones en un mundo trágicamente plural. La victoria de un credo religioso particular es poco más que un episodio de la imaginación mesiánica ("Acercaos naciones...", Isaías, 34) que la historia positiva nunca confirma.

En segundo lugar, no tenemos ninguna garantía sobre la benevolencia de la alianza de moderados. En sentido contrario, a menudo el moderantismo es empleado para justificar, y no para condenar o combatir, a los fanáticos. Este argumento ha sido muy bien establecido por Sam Harris y un eco de su verdad puede escucharse estos días en la defensa parcial de la Sharia que ha hecho el arzobispo de Canterbury (With friends like this...).

En definitiva, la única salida políticamente viable es el laicismo. Una laicidad positiva que no debe confundirse con el "ateísmo", como explicaba Garton Ash, o con un extraño diseño institucional que "vacíe" de contenido religioso a una sociedad. Al contrario, el laicismo presupone una fuerte y activa política religiosa. El fundamento de la nación política, de la democracia moderna, es el dogma de la unidad ante la ley que debe imponer también la imparcialidad del estado con respecto a las religiones. Así, los retos de la desigualdad son menos fuertes allí donde el derecho constitucional asegura la laicidad del estado, como es el caso de los Estados Unidos, pero es mucho más acuciante en otras naciones con un derecho político religioso mucho más inespecífico, como España (nación que se declara tibiamente "aconfesional") o Gran Bretaña, donde existe tradicionalmente una Iglesia nacional.