1 dic. 2007

La nueva Santa Alianza

En The economist se preguntaban hace poco si no estaremos entrando en una nueva época de guerras religiosas. A diferencia de los tiempos en que John F. Kennedy llamaba a sus compatriotas para que ignorasen su confesión católica, la administración norteamericana lidera hoy un revivalismo religioso que no duda en promover "iniciativas basadas en la fe" y en plantarle cara al "darwinismo ateo" enseñando la supuesta "controversia" sobre la evolución. La Europa federalista resiste, por el momento, pero empieza a pregnar más modestamente el discurso sobre una "sana laicidad" que no resulte indiferente al hecho religioso. En la encrucijada occidental, Turquía amenaza con una hegemonía del islamismo político -aunque no sin contestación. Si continúa con su tendencia actual, la China poscomunista se convertirá en la nación con mayor número de cristianos -y musulmanes- del mundo, demostrando que es ya muy lejana la época en que la izquierda urgía a la emanciapación humana de la religión como antesala de la emancipación humana. Y en el centro de las luchas simbólicas planetarias, oriente próximo y medio, cada vez más niños judíos y musulmanes reciben una educación religiosa que les garantiza simultáneamente la posesión de la tierra prometida. Según el presidente Ahmadinejad de Irán, "Nos guste o no, el mundo gravita hacia la fe en el todopoderoso".

Y no nos gusta. El giro hacia el radicalismo democrático de Bush en Oriente Medio ha dado lugar a algunas de las contradicciones más difíciles de resolver en esta entrada de siglo. Aunque la administración fué muy cuidadosa para no presentar la intervención en Iraq -o la war on terror- como una declaración de guerra al Islam (al que se consideraba, por el contrario, una "religión de paz"), lo cierto es que terminó desencadenándose una oleada de críticas públicas contra el teocratismo musulmán (a veces calificado como "islamofobia"). Lo neocon, así pues, puede expresarse como radicalismo secularista o "fundamentalismo ilustrado", buscando alianzas democráticas contra los islamistas, pero también como cinismo straussiano o como conservadurismo prudentemente desencantado, a la manera de Fukuyama.

Sin embargo, lo que se impone más allá de los esfuerzos heroicos de Ayan Hirsi Ali, es el revivalismo conservador, la conciliación con quienes comparten una fe genérica en el Todopoderoso. Un actitud que ya comenzó a arraigar tras la resolución en Turquía de la "crisis de las viñetas de Mahoma", erróneamente interpretada como un episodio de choque religioso. Tanto en Ratisbona como en Turquía, Ratzinger siempre terminó destacando la corriente de simpatía con los musulmanes:"La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistentes, misericordioso y todo poderoso".

La última encíclica de Ratzinger, Spe Salvi, ha provocado ya algunas reacciones de protesta, aunque no exprese, ni mucho menos, nada inaudito. De hecho, Ratzinger prácticamente calca el planteamiento de la escuela de Frankfurt sobre la "dialéctica de la ilustración", teologizando las fórmulas más conocidas de Horkheimer: "sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva". Para Ratzinger el ateísmo viene a ser una especie de irregularidad de los siglos XVIII y XIX que debe replantearse en los términos de la teodicea -o justificación de Dios:
El ateísmo de los siglos XIX y XX, por sus raíces y finalidad, es un moralismo, una protesta contra las injusticias del mundo y de la historia universal. Un mundo en el que hay tanta injusticia, tanto sufrimiento de los inocentes y tanto cinismo del poder, no puede ser obra de un Dios bueno. El Dios que tuviera la responsabilidad de un mundo así no sería un Dios justo y menos aún un Dios bueno. Hay que contestar este Dios precisamente en nombre de la moral. Y puesto que no hay un Dios que crea justicia, parece que ahora es el hombre mismo quien está llamado a establecer la justicia. Ahora bien, si ante el sufrimiento de este mundo es comprensible la protesta contra Dios, la pretensión de que la humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace ni es capaz de hacer, es presuntuosa e intrínsecamente falsa.
Obviamente, si la actitud naturalista y secularista es "presuntuosa y falsa", entonces la búsqueda de aliados oscilará preferentemente hacia quienes "respetan lo sagrado". Mejor un musulmán que un ateo. La reunión de Ratzinger con el monarca Abdulá de Arabia Saudita está más que justificada. ¿Será la alianza con las teocracias lo que finalmente entienden en Roma por "sana laicidad"? En cualquier caso, esta nueva "Santa Alianza", recordando auquella que vertebró la Europa posnapoleónica de Metternich, tiene, pues, una razón completamente ajena a fomentar las guerras religiosas. Su objetivo fundamental es asegurar el poder de las instituciones religiosas conservadoras, quizás amenazadas por sus competidores más extremistas, frente al secularismo y el republicanismo democrático.

ACTUALIZACIÓN: ¿Es esta la "sana laicidad"? Supongo que no: el editor turco de Richard Dawkins puede haber vulnerado una ley que proteje los "sentimientos religiosos". ¡Blasfemia!

ACTUALIZACIÓN II. La bitácora ha entrado en la lista de blogs ateos de Deep Thoughts.