16 nov. 2007

C.P. Snow

Las dos culturas es el título de la conferencia Rede que C.P. Snow impartió en Cambridge en 1959. Merece la pena regresar a este breve pero influyente texto, ante todo después de su reformulación por parte de John Brockman, y el conjunto de científicos, filósofos y artistas que de manera algo vaga siguen compartiendo la necesidad de acortar la distancia entre Ciencia y Humanidades. Snow constataba entonces básicamente dos hechos. La enajenación de las "culturas" científica y literaria (y filosófica, hasta cierto punto). Y la necesidad de comprender en la "revolución científica" el suceso cualitativamente más importante de la historia humana tras la invención de la agricultura. Después del hiperdesarrollo de la electrónica y de la energía atómica, en efecto, la revolución industrial deja de ser un asunto de inventores oportunistas y pasa a ser una parte de la "ciencia de verdad". Además, la ciencia y la tecnología no sólo marcan una distancia entre dos culturas, sino entre dos mundos. El primero, que ha resuelto en lo fundamental los problemas básicos de la supervivencia. Y el segundo, aún no industrializado, que permanece en la forma "mezquina, brutal y corta" de vida hobbesiana.

Los paises pobres, hasta que no hayan rebasado un determinado punto en la curva de industrialización no pueden acumular ese capital. Por eso es por lo que la brecha entre ricos y pobres está ensanchándose. El capital debe venir de fuera.

Sólo hay dos fuentes posibles. Una es Occidente, lo cual significa sobre todo los EE.UU., y la otra es la URSS. Ni siquiera los EE.UU. disponen de recursos infinitos de tal capital. Si ellos o Rusia intentan hacerlo solos, significaría un esfuerzo mayor que el que uno u otro hubieran de realizar industrialmente en la guerra. Si tomaran parte los dos juntos, no significaría ya un sacrificio tan grande, aunque en mi opinión es pecar de optimistas pensar, como hacen algunos entendidos, que la cosa no supondría sacrificio alguno. La escala de la operación exigiría que fuese una empresa nacional. La industria privada no puede, ni aun la de mayor envergadura, pechar con ello, y, por otra parte, no les resultaría en absoluto una buena inversión. Es un poco como si se pidiese a Duponts o I.C.I., en 1940, que financiaran el entero proceso de creación de la bomba atómica.

A la luz del relativo fracaso del paradigma basado en la ayuda externa, casi cincuenta años después de la coferencia en Rede, semejante exhortación puede parecernos hoy muy ingenua. El caso chino, que el propio Snow menciona, es un buen ejemplo de que la civilización industrial científica no puede prosperar plenamente sin libertad, y de que las diferencias marcadas por la guerra fría eran más importantes de lo que suponía. Aún así, la reflexión añade un elemento desapercibido para el liberalismo standard: la "libertad" económica o política formal en nada aprovecha si no va acompañada de un progreso en la educación científica. Revolución liberal y revolución científica configuran una interesante forma de coevolución.