18 feb. 2012

La tradición perseguida. Sabiduría materialista y hedonista antigua

Reseña de Las sabidurías de la antigüedad. Contrahistoria de la filosofía, I, de Michel Onfray (Anagrama, 2007)

Este volumen de la contrahistoria de Onfray es el primero de una saga que pretende ajustar las cuentas con la “escritura platónica de la filosofía”. La tradición de filósofos materialistas, naturalistas y hedonistas, en efecto, no es sólo una “alternativa” -para recordar el título, también olvidado o desconocido, de James Thrower- al canon de los vencedores, es también una tradición concienzudamente perseguida, estigmatizada, ocultada. Onfray lleva razón al recordar que los jardines son raros en filosofía; la sabiduría se parece más a un campo de batalla, y la historiografía no tiene otro remedio que tomar partido.

La escritura platónica de la filosofía antigua empieza describiendo a los sabios antiguos como “presocráticos”, como si todos los sabios que nacieron antes de Sócrates fueran filósofos incompletos o no fueran filósofos en absoluto. La insidia canónica llega al punto de describir como “presocrático” nada menos que a Demócrito, pese a haber sobrevivido 35 años a Sócrates. Platón mismo no le cita ni una sola vez, pese al hecho de que su filosofía se puede decribir adecuadamente como una maquinaria de combate contra atomistas. Aqui ya hemos mencionado el bochornoso episodio, narrado por Diógenes Laercio, sobre la tentativa frustrada de quemar los libros de Demócrito.


"Demócrito", por Diego Velázquez (1600)

Onfray comienza su contrahistoria en Leucipo (siglo V a.C.), el milesio (o la milesia, según la especulación de Jean-Paul Dumont), que inaugura la tradición hedonista griega y parece ser el primero en sugerir que el universo está hecho de átomos y vacío. Leucipo funda una ética eudemonista, orientada a conseguir la “alegría auténtica” (la expresión aparece recogida por Clemente de Alejandría). Demócrito (427-347 a.C.), el filósofo que ríe, recoge el testigo, viaja, absorbe incluso la sabiduría de los magos caldeos, perfecciona el atomismo y propone una ética de la alegría alejada de las preocupaciones políticas. Tras Platón, Tertuliano, el padre de la Iglesia, intenta descreditarlo con la anécdota apócrifa de que se quemó voluntariamente los ojos, pero todas las fuentes confirman que alcanzó una edad avanzada.

Lo más importante, para nosotros, es que Demócrito inaugura una concepción terapéutica de la filosofía, después desarrollada por Epicuro, y por Lucrecio, contra los temores naturales y sobrenaturales. Demócrito es de los primeros en proponer una ascesis del pensamiento y una “revolución naturalista”: “Dejar de tener miedo al rayo, a los temblores de la tierra, y al paso de un cometa exige una reducción científica y positiva de los acontecimientos (Pág. 73).”

La tradición continúa con Hiparco, Anaxarco y, en su conjunto, con los llamados "sofistas" contemporáneos de Sócrates a los que se niega incluso la calidad de verdaderos filósofos. El aristócrata Platón, en especial, menosprecia la comercialización del saber y detesta la "democratización" de la filosofía promovida a fin de cuentas por los sofistas. Antifón de Atenas (480-411 a.C.) inventa una especie de psicoanálisis o de "asesoría filosófica" popular que, alejándose del trance y la magia tradicional "remite al análisis, la conjetura, la investigación, de los encadenamientos, la racionalidad más clásica apoyada de una teoría de las causas y los efectos" (Pág. 95). Antifón predica también un "hedonismo libertario", una ética "antisocial" y fuertemente individualista que se aleja de las leyes, y que termina promoviendo un escándalo para los griegos de su tiempo: la equiparación entre ciudadanos y esclavos, la eliminación de las fronteras con los llamados "bárbaros".

Los hedonistas cirenaicos representan el siguiente paso. Comenzando por Aristipo, que también cobra a cambio de sus lecciones, a quien la tradición representa con faldas, perfumado en el ágora, visitando un burdel. Platón no lo menciona, aunque combate y ridiculiza sus tesis, posteriormente recuperadas y elaboradas críticamente por Epicuro: "Sin Aristipo y sin el materialismo atomista de los abderitas no habría sido posible el pensamiento del maestro del Jardín ni su propia concepción del placer" (Pág. 109). Aristipo preconiza, según Onfray, un hedonismo no orgiástico, muy alejado en realidad del "goce de las bestias" que la tradición idealista atribuye a cirenaicos y cínicos.

El epicureísmo grecolatino nace, por su parte, bajo otro estigma idealista, "bajo el signo del cerdo". Epicuro es un filósofo de constitución débil, "pobre, exiliado y provinciano", a diferencia de Platón. Su ética materialista disgusta forzosamente al canon platónico, que contraataca fomentando el falso estereotipo de una filosofía "del vientre" (del bajo vientre, concretamente). Pero el arquetipo no se ajusta a la realidad: Epicuro (epíkouros, el que socorre) propone una ascesis filosófica contra el miedo sobrenatural y contra el sufrimiento que sólo podemos discernir parcialmente, debido a que nos quedan únicamente tres cartas y unos pocos aforismos de los 300 rollos que produjo el filósofo en el Jardín, en esa especie de "anti-república" de Platón. Epicuro es un filósofo peligroso, no porque sea ateo (los dioses epicúreos existen en los intermundos, pero no se preocupan por los asuntos humanos), sino porque es irreligioso: en el epicureísmo no es posible la religión tal como la entienden las costumbres.

Los restos del hedonismo y del materialismo antiguo sobreviven gracias a una catástrofe: la erupción del Vesubio en el 79 d.C. que sepulta Herculano y Pompeya. En 1752 se descubren casualmente 1.838 libros correspondientes a la biblioteca de Filodemo de Gadara: la "villa de los papiros". El hallazgo hace aflorar hasta qué punto el epicureísmo pregna en la cultura previa a la cristiandad triunfante, antes de que el furor antipagano complete la destrucción iniciada por los desastres naturales. La villa de Filodemo revela un epicureísmo tamizado por la cultura romana, menos exigente que el de Epicuro, que rescata las bellas artes, suaviza las tentaciones contraculturales y acerca el materialismo a la política:

Dejemos por tanto la política a los políticos, pero tratemos de instruirlos, de mejorarlos imbuyéndolos de filosofía. Los bustos de políticos que adornan la villa de los papiros no han sido elegidos de manera inocente. Se trata de monarcas helenistas que se han relacionado con filósofos epicúreos: Ptolomeo Filadelfio y Filónidas, pero también Demetrio Poliorceta, Antígono Monoftalmo y Lisímaco, rey de Tracia, con los que Epicuro mantuvo relaciones, aunque a veces tensas. Un buen rey, en el espíritu epicúreo, he aquí el ideal concebible...

Esta villa filosófica pone de manifiesto una arquitectura alternativa a la ciudad cristiana, aunque Onfray estima posible que este "monasterio pagano" inspirase a los cristianos.


"Sátiro durmiente"

La accidentada historia de Lucrecio, cuyo texto es tan bien conocido en la villa herculana, testimonia tanto la fuerza de la filosofía llamada pagana como el ímpetu de sus perseguidores. A pesar de que no se sabe nada a ciencia cierta de su biografía, de hecho los apologistas cristianos mezclan la crítica con la calumnia. En particular, la leyenda del suicidio de Lucrecio, de su locura a causa de un sortilegio amoroso y de un "materialismo encantado" se deben al santificado Jerónimo. Nada de esto impide, sin embargo, que De rerum natura (salvado al inicio del Renacimiento por causalidad, gracias a un extravagante secretario papal) sea todavía uno de los grandes textos del materialismo y de la literatura universal. Lucrecio atribuye la religiosidad al miedo, salva la libertad humana y propone una tranquila "amistad amorosa" como remedio a la desazón sentimental, y todo con un excelente estilo.

En resumidas cuentas, este primer volumen de la contrahistoria de la filosofía es una tentativa interesante de hacer justicia a la "tradición alternativa". Se puede reprochar, no obstante, una cierta racanería con el aparato crítico (hay una bibliografía comentada al final del libro), y un exceso de "literatura" y subjetivismo en el estilo que a veces desdibuja las diferencias entre las opiniones del autor y la voz de los textos. Aunque la peor omisión en esta obra de Onfray es común entre historiadores de la filosofía: el olvido o la ignorancia de las tradiciones escépticas, materialistas y hedonistas no occidentales, en algún caso anteriores a las fuentes griegas.