21 ene. 2012

“Equívoca quintaesencia”. Ciencia y pseudociencia en la España del siglo XVI

La actitud de los teólogos cristianos hacia saberes considerados hoy pseudocientíficos, como la alquimia o la astrología, fue tradicionalmente ambigua. Por ejemplo, mientras que san Agustin rechazaba la "fatalidad astral" (La ciudad de Dios, V-I) basándose en el carácter dispar de los gemelos, la astrología cristianizada, vía Aristóteles, fue una importante ciencia medieval mediante la que, en principio, era posible desentrañar las intenciones divinas, actuando a través de algunos "poderes astrológicos naturales". De la misma forma que era preciso distinguir los falsos de los verdaderos milagros y reliquias, los teólogos también intentaron ser cuidadosos distinguiendo a los "charlantes alquimistas" de los verdaderos alquimistas. Según un artículo de María Tausiet en Asclepio. Revista de historia de la medicina y de la ciencia, los indicios para detectar a los embusteros aparecían resumidos en cuatro características:

Inmoralidad, ignorancia, pobreza, y utilización de materiales extravagantes. En consecuencia, sólo los buenos cristianos, versados en el arte, con un nivel económico suficiente como para sobrevivir dignamente sin tener que recurrir a la estafa, y dispuesto a obrar con sustancias comunes, resultaban dignos de confianza.  

Tausiet ilustra la controversia en un caso particular acaecido en la España del siglo XVI. El caso de Fray Juan de Santa Ana, alquimista que vivía en el monasterio de Santa Engracia de Zaragoza, y que fue objeto de diversas pesquisas judiciales "para descubrir la auténtica naturaleza de sus actividades" entre 1593 y 1596. Este monje, que participaba en la creencia general de que era posible fabricar la "piedra filosofal", fue acusado de fabricar moneda falsa, considerado entonces un crimen horrendo "de lesa majestad divina y humana", equiparable con la alta traición, y penado con la muerte.

“Gran parte de la fama del monasterio de Santa Engracia se debía
a los constantes milagros atribuídos a los mártires enterrados en
su subsuelo.”

Durante el proceso judicial se pusieron en contraste dos visiones contrapuestas. Por una parte, la interpretación "materialista" defendida por el fiscal, que acusaba al monje de acuñar moneda falsa, y por otra, la interpretación idealista del propio monje, cuya intención "a corto plazo se reducía a esculpir imágenes sagradas en plata, pero su auténtica meta era descubrir el secreto de la quintaesencia o piedra filosofal". Esta justificación marcadamente idealista del monje se correspondía con la concepción metafísica tradicional sobre el perfeccionamiento de la materia:

La filosofía en que Fray Juan basaba sus experimentos era la misma que había guiado a muchos otros alquimistas anteriores a él desde los tiempos más remotos: la idea básica según la cual cada elemento del mundo creado tiende a la prefección. Teniendo en cuenta que el ritmo de la naturaleza es extremadamente lento, el ideal perseguido por la alquimia consistía precisamente en acortar lo más posible el tiempo natural que a cada elemento le era necesario para alcanzar su nivel de excelencia. Para ello había que buscar un agente necesario de los procesos espontáneos, una especie de medicina o remedio aplicado a la materia que consiguiera refinarla cuanto antes, lo que implicaba su conversión en oro o plata puros, en un doble sentido material y simbólico. Dicha medicina o agente se identificaba con la mítica piedra filosofal, conocida también como quintaesencia, elixir vital, panacea universal, etc.

El caso del monje aragonés apoyaría el escepticismo de los historiadores contra las lecturas psicológicas y espirituales de la alquimia defendidas por estudiosos de la religión de enorme prestigio, como Mircea Eliade y Carl Gustav Jung. Estas lecturas, según Tausiet "no representan sino interpretaciones románticas alejadas de la realidad cotidiana, y no por casualidad han sido elaboradas al margen de la investigación histórica, es decir, de la observación directa de los casos concretos".

Es interesante subrayar que la popularidad de la alquimia en la cristiandad participaba de una tensión cultural reflejada en las opiniones de los doctores escolásticos. El "sabio universal" más respetado de la baja edad media, Alberto Magno, sólo juzgaba "aparente o superficial" la posibilidad de la transmutación de la materia, y Tomás de Aquino, canonizado en 1323 y exponente máximo de la síntesis filosófica cristiana, rechazó explícitamente la transmutación. La necesidad de justificar el arte de la alquimia llevó, sin embargo, a la circulación de numerosos tratados en su defensa, a veces atribuidos erróneamente al beato Ramón Llull (1232-1315), o al médico y teólogo Arnaldo de Villanova (1238-1311).

Lo que sabemos, en cualquier caso, es que la culpabilidad del Fray Juan no llegó determinarse claramente, lo que vuelve a reflejar la ambigüedad de la teología con respecto a estos temas y la dificultad de establecer barreras rígidas e inamovibles entre la ciencia y la pseudociencia, la virtud y el fraude:

Si alguna conclusión puede derivarse de este proceso es la imposibilidad de trazar una frontera entre una alquimia "verdadera" (asociada al idealismo del fraile) y una "falsa" (basada en sus intereses materiales); ambos aspectos se entremezclan, inseparables de su personalidad y de sus circunstancias. La alquimia de Fray Juan no constituía una disciplina espiritual heroica en pos de un ideal inalcanzable o, por el contrario, una quimera absurda, basada en creencias supersticiosas. Un error todavía mayor sería calificarla de engaño deliberado o de simple estafa, teniendo en cuenta la vehemente dedicación del fraile a sus experimentos, su intensa convicción interior y su indudable interés en los aspectos teóricos del arte.


ResearchBlogging.orgTausiet, M (2011). Equívoca quintaesencia. Alquimia espiritual y moneda falsa en la España del siglo XVI Asclepio. Revista de historia de la medicina y de la ciencia, 63 (2), 319-348