20 ago. 2011

El fin de la democracia ilustrada

En su libro sobre la transformación estructural de la esfera pública, Jürgen Habermas aborda el nacimiento de un nuevo y revolucionario concepto de opinión pública en el siglo XVIII europeo. A partir sobre todo del “capitalismo impreso” que permite difundir panfletos, libros y revistas a un público cada vez más amplio, tal como lo explica Taylor “personas que no se conocen personalmente aparecen conectadas en un espacio común de discusión a través de los medios.” Esta nueva esfera de comunicación es “meta-tópica”, no se asienta en ningún lugar físico, pero quiénes participan en ella se sienten comprometidos en una discusión común, capaz de alcanzar ciertos acuerdos. La esfera pública es el lugar virtual donde inicialmente una minoría ilustrada, y progresivamente un público más amplio (potencialmente, toda la sociedad), discute sobre los temas importantes a la luz de la razón y la ciencia. En consonancia con la nueva idea de orden político, en el cual el pueblo aparece como soberano absoluto, el gobierno está obligado a escuchar. La esfera pública es nada menos que “el lugar donde se elaboran los puntos de vista racionales que deberían guiar al gobierno”. Habermas lo llama “principio de supervisión”, y se trata de uno particularmente secular, porque no depende del contrapeso de la iglesia ni de la providencia divina. En la esfera pública, se supone que las discusiones emanan de la razón, no de la autoridad tradicional, o de la revelación.

Desde luego, a partir del siglo XX sabemos que esta visión del orden político atraviesa por serias vicisitudes. El colapso de las democracias liberales en el periodo de las guerras mundiales, el fascismo, el totalitarismo de izquierdas y el surgimiento de los medios de masas con la consiguiente hegomonía de lo que algunos llamaron “simulacro” (Baudrillard) o “espectáculo” (Debord) sitúan el orden democrático ante una grave crisis de legitimidad. Una sociedad cuya cultura no es ilustrada difícilmente puede “supervisar” eficazmente el orden político. Con actitud realista o melancolía democrática reconocemos que el orden político descansa de facto en minorías técnico-burocráticas y quizás lo que llamamos democracia no sea otra cosa que “una forma de seleccionar, vigilar, disciplinar y sustituir de forma razonablemente efectiva y pacífica a las élites que están al frente de las agencias gubernamentales”.

En este contexto, es cierto que las encuestas sobre percepción pública de la ciencia siguen manifestando que el público confía más en los científicos que en los sacerdotes o en los políticos, pero esto no significa que la cultura científica esté lo bastante extendida como para hacer de la esfera pública el locus natural de la ilustración. Las nuevas “redes sociales” de internet (en realidad, Facebook y Twitter) no son ni mucho menos una excepción. Las personas más seguidas en estas redes no son premios nobeles y audaces investigadores, sino presentadores de televisión, deportistas y monologuistas. En twitter Buenafuente es más influyente que la universidad de Harvard.

¿Qué nos es dado esperar? Si la subordinación de la política a la religión que persiguen los “dominionistas” cristianos, a uno y otro lado del Atlántico, no evita que el sueño de una democracia ilustrada y secular se disipe, tampoco el radicalismo democrático de los nuevos movimientos sociales permite ser mucho más optimista. El movimiento 15M, en particular, es radicalmente secular en la medida en que rechaza la autoridad tradicional y no reconoce más soberanía que la emanada de la voluntad popular reunida en asamblea callejera, pero difícilmente se puede reconocer como “ilustrado” un movimiento en el que, de hecho, acampa sin obstáculos la irracionalidad y no reconoce más límites a su libertad que el arbitrio de sus deseos, por fantásticos que sean. Democracia ilustrada RIP.