17 oct. 2010

Frente al átomo se alza el infinito

Aqui ya hemos hablado algo sobre la historia de la persecución de las ideas epicúreas y la "intolerancia de los platónicos". En la presentación a La naturaleza editado por Gredos Francisco Socas da pistas nuevas para orientarnos en la misma trama de fábulas y mentiras. Quizás la principal sea la "leyenda infamante" que san Jerónimo, nada menos, habría difundido acerca de la locura de Lucrecio (99 a. C. - 55 a. C.) provocada por un filtro amoroso, así como su supuesto suicidio a los cuarenta y cuatro años de edad:

El caso es que el cuento prende y forma parte ya de la memoria de los siglos. Sobrevuela o impregna cualquier juicio que se haga sobre el poeta. Hay en toda la historieta, es evidente, una intención de desacreditar a Lucrecio. Esa pretendida locura anularía cada verso del poema (pues el autor no sabe lo que dice), mientras que el acto final, el suicidio, refuta por vía práctica el mensaje de una doctrina que se proclama gozosa pero que no sabe mantener al que la enseña en la felicidad mínima de seguir vivo.

Acaso Unamuno, entre nosotros, fuera uno de los prendidos por el cuento, al referirse a "aquel terrible poeta latino, Lucrecio, bajo cuya aparente serenidad y ataraxia epicúrea tanta desesperación se cela" (Unamuno también creía ver un oscuro "poema elegíaco" tras la ética de Spinoza...).

Socas recuerda también que los epicúreos Alcio y Filisco fueron expulsados de Roma en el siglo II a.C., y que un senadoconsulto les impidió fundar una escuela. A pesar de lo cual, los epicúreos "invadieron" Italia, según el testimonio de Cicerón, y fueron la única filosofía laica con vocación claramente misionera de la antigüedad.

La actitud de los cristianos fue ambivalente. Por una parte, se rechazaban las ideas epicúreas con tanto fervor como para identificarlas con la herejía por excelencia. Por otra, su suave "espíritu de austeridad y renuncia" atraía a los ascetas y parece ser que los escolásticos no quisieron o no pudieron apreciar en él un oponente de peso. Lucrecio no vuelve a entrar de lleno en la guerra filosófica hasta que los ilustrados lo reciben como un maestro liberador.

Curiosamente Menéndez Pelayo, que tenía una buena opinión de Lucrecio como expositor de la cultura griega, finaliza sus heterodoxos con una cita suya: Edita doctrina sapientum templa serena!