15 jun. 2010

Un materialista español del siglo VI

Lo recuerda Marcelino Menéndez Pelayo, en el Tomo I de su Historia de los heterodoxos españoles, al referirse a las epístolas conservadas de Liciniano, obispo de Cartagena. Con el tono retumbante que le es caro, el erudito cántabro llega incluso a felicitarse de que los impugnadores obispos hayan borrado el nombre de este materialista español, anticipo de una especie de mecanicismo (no necesariamente ateo) avant la lettre en el siglo VI d.C.:

De trascendencia mucho mayor es la epístola tercera, in qua ostenditur Angelos et animas rationales esse spiritus sine totius corporis expertes, dirigida al diácono Epifania, y suscrita por Liciniano y Severo, Obispo malacitano. Otro Obispo, cuyo nombre tuvieron la cortesía o reverencia de omitir los impugnadores, negaba la espiritualidad del alma racional y de los ángeles, aseverando que todo, fuera de Dios, era corpóreo. La afirmación materialista apenas podía ir más allá, y los que la consideran como término de la ciencia novísima, pueden contar en el triste catálogo de sus predecesores a un anónimo Obispo español del siglo VI.

En su carta Liciniano planteaba el siguiente argumento "de razón" contra el impugnado obispo:

Si el alma es de la magnitud del cuerpo, ¿cómo siendo tan pequeña, encierra tan grandes ideas? ¿Cómo podemos contener en la mente las imágenes de las ciudades, de montes, de ríos, de todas las cosas creadas en el cielo y en la tierra? ¿Qué espacio hay bastante grande para el alma, cuando ella abarca y compenda tantos espacios? Pero como no es cuerpo, contiene de un modo no local (inlocaliter) todos los lugares. Si un vaso está contenido en otro vaso, el menor será el de dentro, el mayor el de fuera. ¿Cómo, pues, el alma, que tantas grandezas encierra, ha de ser menor que el cuerpo? Por eso afirmamos que el alma tiene alguna cualidad, pero no cantidad; y Dios, ni cantidad ni cualidad. Como el alma no es igual a Dios, tiene cualidad; como no es cuerpo, carece de cantidad. Y creemos con la santa fe católica, que Dios, ser incorpóreo, hizo unas cosas incorpóreas y otras materiales, y sujetó lo irracional a lo racional lo no inteligente a lo inteligible, lo injusto a lo justo, lo malo a lo bueno, lo mortal a lo inmortal.

Y remata Menéndez Pelayo así el capítulo:

Y hoy es el día en que para evitar las lógicas consecuencias de la llamada ciencia modesta, con ser la más orgullosa a la vez que pobre y rastrera que ha engendrado el pensamiento humano, hay que desandar el camino y retroceder a nuestro buen Liciniano, y ver con él en la sustancia anímica continente y no contenida, forma sustancial del cuerpo, el principio y base de todas nuestras modificaciones. ¡Cuándo nos convenceremos de que hay algo, y aún mucho que estudiar en la ciencia española, hasta de las épocas más oscuras!

El argumento de Liciniano, posteriormente asumido por Tomás de Aquino (el axioma de la "no localización del alma"), era ya increíblemente pueril en una época donde había ciencia positiva suficiente para refutarlo, pero hoy, en la era de la neuroimagen y del chip de silicio, no pasa de ser grotesco. La "ciencia española" no merece ser tratada, en este sentido, con mucha mayor deferencia que la coránica.