17 jul. 2007

El anarcocapitalismo y la pipa de Magritte

No hace falta insistir mucho en definir la controversia sobre el liberalismo. Algunos piensan que es necesario expurgarlo de anarquismo. Otros, a la inversa, identifican el potencial teórico y transformador del liberalismo con sus componentes más anarquistas. Y el "austríaco" Jesús Huerta de Soto últimamente defiende la separación tajante entre liberales y anarquistas de mercado. El liberalismo, como tentativa de detener la "estatización de la vida", para decirlo con Ortega, ha fracasado. En consecuencia, es preciso un cambio, incluso revolucionario.

Desde un punto de vista darwiniano la fuerza de la evolución es básicamente conservadora y sólo es "progresista" en un sentido muy circunscrito (los "progresos" hacia el neocortex, pongamos por caso, son bastante raros comparados con procesos evolutivos mucho más ubicuos). La selección natural tiende a conservar las frecuencias génicas de las poblaciones, según el equilibrio de Hardy-Weinberg, y la posibilidad de cambios bruscos normalmente se reserva para situaciones especiales. Sin embargo, nuevas radiaciones adaptativas e incluso drásticas especiaciones son posibles cuando los seres vivos se enfrentan a ambientes radicalmente distintos o encuentran nuevos "picos adaptativos". Esta tendencia hacia los cambios revolucionarios es más acusada en la evolución cultural que en la orgánica, debido a que la transmisión horizontal de información acelera el proceso, si bien también se encuentra sometida a límites.

Es difícil determinar si los partidarios de la anarquía de mercado consideran los sistemas de gobierno evoluciones culturales genuinas o bien cambios reversibles, y es difícil determinar si este tema esencial les interesa en absoluto. Los más revolucionarios tenderán a contemplar el gobierno como una evolución genuina, ya que postulan la necesidad de un cambio brusco, aunque quizás no violento. Sin embargo, los partidarios del gradualismo hacia la anarquía imaginarán casi oracularmente el desvanecimiento progresivo de los sistemas políticos, acaso cuando llegue a tomarse conciencia universal sobre el "Mito de la necesidad del estado". Ambas vías, confiadas en la perfectibilidad del ser humano, parecen poco congruentes con el principio conservador de prudencia, y acercan al anarcocapitalismo a alguna versión del progresismo.

Sin embargo, el tipo de acuerdo universal que postula el anarquismo de mercado plantea problemas adicionales. Un humanismo indefinido, sin naciones ni estados, es difícilmente coordinable con nuestra naturaleza darwiniana. Ni siquiera Kant, en su "Paz Perpetua", soñó con suprimir los derechos civiles particulares. Los "derechos de la humanidad" no suprimían los derechos civiles concretos, sino que los ampliaban. Desde el punto de vista biológico, Robert Trivers explicó que el comportamiento altruísta y cooperativo estaba en relación directa con el grado de proximidad de las relaciones genéticas. Cuanto más emparentados están los seres humanos, mayor tendencia tienen hacia la ayuda mutua. El altruísta sacrifica parte del bienestar individual, pero a cambio favorece la "eficacia biológica amplia" del propio individuo altruísta. Sin embargo, estas bases naturales del altruísmo difícilmente podrían prosperar políticamente en el mundo del humanismo indefinido.

Cuando Jesús Huerta de Soto alude al obvio "fracaso del liberalismo", a mí me recuerda a la Pipa de Magritte. El surgimiento del "partido de la libertad" en Grecia, por decirlo con Popper, la institución de los cónsules y los tribunos populares romanos, la evolución occidental hacia el sistema bicameral, las revoluciones liberales del siglo XIX, el sufragio universal, y las reformas democráticas del siglo XX, después de que los despotismos fascistas y comunistas fueran derrotados, son simplemente acontecimientos que no han tenido lugar. Una pipa obviamente no es una pipa. ¡Cómo no nos habríamos dado cuenta antes!