10 feb. 2014

La obsesión por el origen africano del hombre

Hace poco, Roberto Colom hizo lo que se supone que debe hacer un científico cuando alguien presenta una hipótesis o una alternativa teórica alternativa: buscar información y preguntar a los expertos sin dejarse llevar por el pánico moral. Como resume en su blog, el breve debate terminó orbitando alrededor del papel causal que asignamos a los individuos y los grupos (o poblaciones, o razas) en la evolución humana y sobre la validez de la hipótesis evolucionista sobre el origen humano reciente (“Out of Africa”).

La razón principal por la que esto es controvertido es que no se trata de un debate meramente “factual” o científico. Lo que se puede llamar "obsesión" por el origen africano del ser humano, y por la unidad biológica de la especie, procede de una mezcla ideológicamiente explosiva entre expectativas religiosas de origen bíblico (Adán y Eva, para entendernos) y expectativas ideológicas más recientes, defendidas por los ilustrados europeos “anticolonialistas” y “antimperialistas” a partir del siglo XVII (o incluso antes, si volvemos sobre el histórico debate entre los teólogos españoles Las Casas y Sepúlveda).

Es importante entender que estas cosas no son nuevas, llevamos cuatro siglos debatiendo exactamente lo mismo y nadie convence a nadie:

El rechazo radical de la jerarquía racial derivaba en parte de una ardiente convicción en que el progreso del hombre desde lo primitivo a lo civilizado, como afirmó claramente Fontenelle, es básicamente una cuestión de tiempo, y no tiene que ver con la raza o con características inherentes. El concepto de l’historie de l’esprit humain, forjado por Fontenelle, Boulainvilleries y Bourau-Deslandes, contempla que el curso natural del desarrollo de la razón humana es esencialmente el mismo en todas partes. Montesquieu, Voltaire o Hume, en contraste, concebían las diferencias entre las personas y las razas como algo enraizado en las condiciones ambientales o climáticas, en las tradiciones religiosas, o bien como diferencias raciales innatas y mucho más fundamentales (Israel, 2006). 

Es decir, la Ilustración europea estaba fundamentalmente dividida con respecto a la diversidad biológica humana. Los partidarios de l’esprit humain, sin embargo, salieron victoriosos a la larga, conformando un paradigma dominante aliado con un fuerte movimiento político que permite justificar el estudio de la unidad humana, mientras que a menudo se menosprecia, ignora o incluso suprime el estudio de las diferencias,  a veces con malas maneras. Para decirlo en los términos de Peter Frost (2011) el paradigma dominante, en el sentido bastante estricto de Kuhn, privilegia el estudio de la “naturaleza humana” y no tanto de las “naturalezas humanas”.

Efectivamente, como dice Colom, negar la realidad de las poblaciones humanas se ha convertido en un mantra ideológico tranquilizador. No es difícil escuchar declaraciones públicas de distinguidos científicos evolucionistas negando que existan algo así como razas humanas. Entre nosotros, Ayala o Arsuaga suelen repetirlo. Pero la idea de que “las diferencias individuales son mayores que las diferencias entre grupos” puede llevar a gran confusión. Los propios Herrnstein y Murray, autores del entrecomillado, son otro distinguido ejemplo de que las diferencias genéticas individuales no eclipsan las diferencias entre grupos. Una alta variación individual es compatible con que existan diferencias significativas entre poblaciones.

Incluso Cavalli-Sforza viene a reconocer que Edwards lleva razón al señalar la “falacia de Lewontin” (cursiva es mía):

Lewontin dijo que las fracción de variación entre poblaciones es muy pequeña en los humanos, lo cual debería ser cierto a tenor del conocimiento presente de la arqueología y la genética según el cual la especie humana es muy joven (...) Lewontin probablemente esperó, por razones políticas, que era “trivialmente” pequeña, y hasta lo que conozco nunca ha mostrado interés por los árboles evolutivos, por lo que no se preocupó por reconstruirlos. En esencia, Edwards ha objetado que NO es trivialmente pequeña, dado que es suficiente para reconstruir el árbol de la evolución humana, tal como hizo, y obviamente tiene razón. 

Las diferencias entre “poblaciones” humanas en términos están lejos de ser triviales.

Y estas diferencias en la diversidad biológica humana no son providenciales. Tienen que ver, naturalmente, con la evolución. Nicholas Wade: “Los humanos se expandieron globalmente y evolucionaron localmente”.

Como hemos explicado en otro sitio, los hallazgos genéticos y paleantropológicos recientes han echado por tierra el “modelo del reemplazo” que sugería la forma original de la hipótesis Out Of Africa. Hoy se sabe que los humanos “modernos” no salieron simplemente de la cuna africana para reemplazar a los homínidos que vivían fuera del continente, sino que las poblaciones "humanas" se mezclaron entre sí de forma bastante abigarrada dejando huellas en nuestro genoma que solo estamos empezando a entender. Hasta el 20% del genoma neandertal se conserva en los humanos euroasiáticos actuales. Individualmente, los humanos euroasáticos tienen aproximadamente un 2% de genes neandertales (aunque estas estimaciones son provisionales, hay quien lo eleva al 7% o más). Paralelamente los humanos africanos se habrían cruzado con otro humanos "robustos" en su pasado reciente.

Las hipótesis originales sobre el origen de los humanos “modernos”, tanto en su variante multirregional como OoA no son consistentes con los hallazgos paleogenómicos y paleoantropológicos. De hecho, hoy se acepta ya el multirregionalismo africano junto con el hecho de que humanos vagamente “modernos” y gráciles abandonaron África, digamos hace 200000 años. Pero la cuestión es que lo que ocurrió “fuera de África” es demasiado importante para entender nuestro pasado, y presumiblemente también para explicar una parte de la variedad biológica humana actual, como para relegarlo a un plano secundario. Algunas de las diferencias raciales actuales, superficiales o profundas, pueden ser, efectivamente, muy recientes, tal y como explican Cochran y Harpending (2010), pero otras pueden tener raíces más remotas. En todo caso, el único modo de averiguarlo realmente es superar el tabú cultural de estudiar la diversidad biológica humana, aunque esto nos lleve a conclusiones pretendidamente oscuras. Algo que es poco probable que suceda.