9 ene. 2014

Los costos de la maternidad tardía

Como mostró John Hajnal las costumbres reproductivas europeas ya habían empezado a alterarse significativamente en la época moderna, en especial a partir del siglo XVIII. Por lo visto la nupcialidad europea se caracteriza desde hace siglos porque los cónyuges contraen matrimonio más tarde, la fertilidad es inferior y se acrecienta el porcentaje de solteros.

La urbanización y la liberalización del trabajo, y en general las condiciones de la vida moderna, han favorecido un “desajuste” evolutivo en comparación con la norma humana durante la mayor parte de nuestra historia. Según los psicólogos evolucionistas (Buss, 2011) “en las poblaciones humanas, las mujeres en la mitad de la veintena tienden a producir los niños más viables, y por ello la fertilidad entre los humanos alcanza su punto culminante a mitad de la la veintena”.

Hasta ahora, solía considerarse que los mayores peligros para la maternidad femenina empezaban a los 35 años, pero un estudio nuevo ha adelantado la edad: “Para nuestra sorpresa hemos encontrado un incremento absoluto en el riesgo de efectos negativos en los resultados del embarazo en el grupo de edad entre 30 y 34 años. Estos son independientes a los efectos de fumar o el sobrepeso que, en combinación, llevan a un peligro más elevado”.

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Lo cierto es que nuestras sociedades son cada vez menos hospitalarias para la maternidad natural, y no digamos para la paternidad. No es sólo que los peligros de la maternidad biológica se acrecientan después de los 30 años, sino que las mujeres más inteligentes, en promedio, tienden a demorar todavía más la maternidad. Estas tendencias demográficas, específicamente modernas, son costosas en distintos sentidos. En primer lugar podrían ser disgenésicas, al no favorecer que los genes de más calidad (al menos los que acarrean más inteligencia) pasen a la siguiente generación y también podrían estar empeorando la salud de las mujeres de distintas maneras. No tener hijos antes de los 30 años, no ser una madre joven, incrementa entre otras cosas el riesgo de padecer cáncer de mama. Paradójicamente, los grandes ideales feministas están imponiendo en las mujeres males tradicionalmente típicos de las monjas. De la misma forma, las presiones modernas para demorar la maternidad también podrían estar incidiendo negativamente en el bienestar y la felicidad de las propias mujeres, que según encuestas ha descendido desde los años sesenta del siglo pasado.