9 sept. 2013

Las peligrosas ideas de Spinoza



En el momento de hablar de la “idea peligrosa” de Darwin, Daniel Dennett no sólo tuvo en cuenta que la selección natural fuera un mecanismo natural amenazante para la visión teológica sino también una idea lo bastante simple y comprensible para hacerse muy popular. Seguramente es posible sostener algo similar a cuenta de las ideas de Baruch Spinoza (1632-1677), de orígenes ibéricos y sefarditas, considerado por sus enemigos ideológicos como el gran “jefe” de los filósofos radicales.

Uno de los estudios más minuciosos sobre Spinoza y el spinozismo es un voluminoso trabajo firmado por un profesor de Princeton: Jonathan I. Israel (tres entregas a 1000 páginas cada una, así que presumiblemente dará para más de un post). En la primera de estas entregas, Radical enlightenment. Philosophy and the making of modernity (1650-1750), Israel perfila una distinción muy útil entre la rama más virulenta y menos recordada (Blom, 2010) de la Ilustración europea, la “ilustración radical”, originada justamente en Spinoza y el ímpetu de los spinozistas, y la “ilustración moderada”, a la postre la rama culturalmente victoriosa.

Por resumir sólo las peores blasfemias, los spinozistas sostenían la unidad de la substancia, frente al dualismo cartesiano, negaban la inmortalidad del alma, frente al dogma de las religiones reveladas, achacaban los milagros a la ignorancia de las causas naturales, y venían a equiparar a Dios con la naturaleza y la Providencia con las leyes naturales. Ciertamente se trataba de ideas radicales, aunque no del todo desconocidas en la antigüedad. Pero quizás la principal distinción con los ilustrados “moderados” coincidía con su doctrina sobre la tolerancia. Mientras que ilustres moderados como Locke defendían la “libertad religiosa”, entendiendo por tal una suerte de convivencia pacífica de confesiones cívicamente tolerables, los radicales defendían más bien la libertad irrestricta de expresión y la libertad filosófica, incluyendo -por primera vez, en la historia occidental- la posibilidad de un ateísmo virtuoso.

La reacción ante las ideas spinozistas fue tan furibunda como cabía esperar. La figura personal de Spinoza fue objeto de un concienzudo proceso de demonización (contestado por elogios casi hagiográficos en sentido opuesto), sus obras se prohibieron sistemáticamente incluso en la liberal Holanda del siglo XVII, se persiguió con amenazas legales a sus seguidores y en ocasiones a los mismos editores que intentaban poner en circulación los textos, tanto en latín como con posterioridad en lenguas vernáculas. Pero tal vez la peor fuente de preocupación para las autoridades, eclesiásticas y seculares, fuera que las ideas de Spinoza resultaran, al fin y al cabo, interesantes.

Pese a la persecución, las ideas de Spinoza estaban haciéndose más y más conocidas, y para alarma general no sólo entre los representantes de la “república de las letras”, sino también entre las clases populares. Los censores reprochaban aquellas “malvadas doctrinas” y “pestilentes dogmas” mientras no podían evitar que se extendieran e incluso que se ganaran a algunas de las mentes mejores de la época. Uno de los críticos se lamentaba en medio de la recientemente desencadenada guerra póstuma contra Spinoza de que “no puede ser desconocido por nadie quién fue Spinoza y cuáles fueron las herejías propagadas por él " y también de que "sus escritos se encuentran en todas partes, en esta época inconstante, debido a su novedad, y están en casi todas las librerías” (Citado por Israel, Pág. 316).

La frustración ante la propagación de ideas tan peligrosas recuerda a otro episodio en la historia de las ideas naturalistas, aquella ocasión en la que, según el relato de Diógenes Laercio, los discípulos de Platón intentaron disuadir al maestro en su tentativa de prender las obras de Demócrito, su gran competidor, “puesto que eran ya muchos los que se habían procurado sus libros”.

Esta es una característica permanente de la intolerancia: no basta con disentir, también hay que suprimir el disenso.

Otro día hablaremos, medio en broma, medio en serio, de esa “derecha spinozista”.