13 ago. 2013

¿Qué hay de malo en el etnocentrismo?

Suburbios parisinos, 2005. Wikimedia Commons

La mayoría de los teóricos de los conflictos etnopolíticos, tal y como explican Salter y Harpending (2012) se han centrado tradicionalmente en los factores culturales y socioeconómicos del cambio, y con frecuencia con la implícita suposición de que los conflictos étnicos serán paulatinamente engullidos por una “sociedad abierta” más tolerante, próspera y pacífica. Por desgracia para estas expectativas, “las explicaciones puramente socioeconómicas parece que dan cuenta inadecuadamente del rápido auge del nacionalismo en el bloque de la antigua URSS y es demasiado débil para explicar el carácter letal de los conflictos entre Tutsis y Hutus en Ruanda, hindúes, musulmanes y sikhs en el subcontinente indio, y croatas, serbios, bosnios y albaneses en la antigua Yugoslavia, o incluso el nivel de animosidad entre blancos y negros”.

La etnia, o peor aún, la raza, sigue siendo una realidad desagradable en un mundo cuyo zeitgeist incluye respladecientes promesas universalistas y de fecunda “diversidad” cultural. Si es dudoso que realmente estemos dirigiéndonos a una época cultural y políticamente convergente, la contribución de Philip J. Rushton (1943-2012) todavía oscurece más el asunto, ya que apunta a profundas raíces bioculturales del conflicto.

Rushton, psicólogo “controvertido” según wikipedia (es decir, oscuro), es el autor de la llamada “Teoría de la Similitud Genética” que intenta explicar, empleando las herramientas de la biología evolucionista y la teoría cultural, por qué las personas aún siguen practicando el nepotismo y aún necesitan identificarse con “los suyos” en una era de prometida convergencia.

Durante años resultó difícil explicar la evolución del etnocentrismo, es decir, del favoritismo moral hacia el propio grupo, ya que la biología evolucionista prefería explicaciones basadas en adaptaciones a nivel del individuo (o de los genes) y desconocía los mecanismos de la selección basada en el grupo. Pero la preocupación siempre había estado presente, incluso en la mente del propio Darwin: “La simpatía se dirige únicamente hacia los miembros de la misma comunidad, y en consecuencia hacia los conocidos, y los miembros más o menos queridos, pero no hacia todos los individuos de la misma especie”.

La teoría de la similitud genética (PDF) vendría a ser una extensión de las teorías sobre el etnonacionalismo de Anthony D. Smith más las teorías modernas sobre la evolución de la solidaridad y el altruísmo, empezando por el importante concepto de “eficacia inclusiva” descubierto por William Hamilton. La llamada regla de Hamilton establece que los genes altruístas aumentarían su frecuencia en el acervo de una población cuando R*B>C  

(Siendo R es el parentesco genético entre el receptor y el donante, B es el beneficio reproductivo que obtiene el receptor y C el coste reproductivo para el donante).

Partiendo de evidencias que muestran cómo especies animales son capaces de reconocer pistas en sus congéneres genéticamente más próximos, Rushton y los partidarios de la teoría de la similitud genética intentan aplicar esta aproximación a los humanos:

Si los genes producen efectos que permiten a sus portadore reconocer y favorecerse unos a otros, entonces el comportamiento altruísta podría evolucionar más allá de la “selección de parentesco”. Buscando en todo el genoma, las personas pueden maximizar su eficacia inclusiva casándose con otros que son similares a ellos mismos, y del mismo modo, hacer amigos y prestar ayuda a los más similares entre sus vecinos, así como llevar a cabo nepotismo étnico. 

Distintos estudios muestran que las personas sí prefieren a personas genéticamente similares, y de hecho son capaces de reconocer los rasgos más heredables, no sólo los que se aprecian a simple vista, unos resultados que no pueden ser explicados por las teorías “culturalistas”. No sólo seguimos agrupándonos “naturalmente” de acuerdo con criterios étnicos en lugares de residencia, ocio o práctica religiosa, sino que muchas de nuestras preferencias están determinadas por pistas que no resultan obvias simple vista. Por ejemplo, las mujeres siguen reconociendo la similitud genética a través de pistas olfativas (Jacob et al. 2002) (PDF).

Likeness goes with liking (El gusto va parejo a la similitud).  O como ya dejó escrito Empédocles: Lo semejante conoce lo semejante.

La hipótesis de Rushton se ha encontrado, como es presvisible, con abundantes resistencias con una base más o menos científica. Pero una de las principales dificultades para aceptar esta aproximación de hecho se basa en el clima ideológico reinante en las ciencias humanas tras el fin de la segunda guerra mundial, de acuerdo con el cual “las personas realmente eran pacificos, educados y agradables si no fuera por los problemas causados por el colonialismo”.

Esta visión se apoyaba además en la idea de que los seres humanos del "ambiente adaptativo ancestral" rara vez interactuaban con extraños por lo que “no pudo haber ninguna selección a favor del reconocimiento étnico y la discriminación racial”. Semejante punto de vista es difícil de sostener, sin embargo, habida cuenta de que los seres humanos “ancestrales” no sólo interactuaron rutinariamente con “extraños” (por ejemplo, a través del comercio, o de la guerra), sino que llegaron a mezclar sus genes con individuos ¡de otras especies! Y también sabemos que los niños desarrollan desde una edad muy temprana la capacidad para detectar diferencias raciales, una evidencia poco consistente con la visión ideológica heredada.

Lo que es peor, no sólo es probable que los genes del nepotismo étnico evolucionaran porque proporcionaban ventajas adaptativas a los portadores, sino que aún lo siguen haciendo, incluso en las sociedades que presumen de ser “multiculturales” y haber dejado atrás el favoritismo racial del pasado. Suena muy oscuro, pero tener una sociedad más diversa no es una garantía de mayor paz, seguridad y bienestar. Muchas veces es al contrario. No sólo hay evidencias de que la diversidad hace una sociedad más inestable e insegura, sino que la “densidad étnica” de los grupos de hecho sigue siendo buena para la salud de las minorías, e incluso incide positivamente en la salud mental. Vivir con quienes más se nos parecen es bueno para nuestra salud.

Nadie puede poner en cuestión que demasiado favoritismo étnico puede ser perjudicial, pero la aproximación de Rushton apoya que el cosmopolitismo no es la respuesta al nacionalismo. Promesas vacías basadas en el elogio a la "diversidad" nunca podrán contrarrestar las ventajas tangibles de favorecer a quienes se nos parecen (genéticamente) más.


Referencia:

Salter, F., &; Harpending, H. J.P. (2012). Rushton’s theory of ethnic nepotism. Personality and Individual Differences http:// dx.doi.org/10.1016/j.paid.2012.11.014