28 ago. 2013

¿Están “mentalmente enfermos” los ateos?

Sean Thomas, blogger de un diario conservador británico, y escritor de viajes, lo cree así. Citando de forma vaga una batería de estudios, que bien podría haber extraído de la Conservapedia, Thomas pretende mostrar que los "ateos" tienen menos salud, son más avaros, sufren más depresiones y un largo etcétera de inconvenientes. En respuesta a la reciente afirmación de que los ateos tienden a ser más inteligentes, todo esto evidenciaría que los ateos en realidad "viven de forma menos inteligente".

La mayoría de estos "datos" no son literalmente falsos, y algunos son hasta interesantes, pero tienen un alcance restringido. En particular, las muestras de los estudios están en general circunscritas a los EE.UU, un país de enorme escala, pero poco representativo en el conjunto de las tendencias occidentales y no digamos de las no occidentales. Cuando ampliamos el punto de vista el cuadro es más borroso. Para poner un ejemplo, la así llamada correlación entre felicidad y religiosidad desaparece cuando nos movemos de los Estados Unidos a Gran Bretaña. Las "ventajas" morales de ser religioso en general se desvanecen cuando nos movemos de sociedades mayoritariamente religiosas a sociedades mayoritariamente seculares. Es más, el ateísmo y el secularismo, como han mostrado Zuckerman y Paul también aportan ventajas: las naciones más seculares tienden a ser más pacíficas, más prósperas y a albergar menos comportamientos antisociales. Claramente, las creencias religiosas comportan beneficios a muchas personas, pero no hay evidencias de que el ateísmo y el secularismo conduzcan a un caos social.

La idea del ateísmo como enfermedad mental no es menos extravagante que la idea de la religión como déficit cognitivo clínico. No son afirmaciones que merezcan una discusión seria fuera de pequeños círculos. Es más interesante que el comentario de Thomas cuente con una larga tradición de hostilidad a las ideas ateas y naturalistas.

La erosión de la síntesis religiosa medieval y el progreso de las ideas naturalistas a partir de lo que llaman "modernidad," no fue un proceso incruento. Los teólogos no se sentaron a debatir tranquilamente con los filósofos sobre las ideas de los atomistas, los cartesianos, los epicúreos o los espinozianos. Todavía en el siglo XVIII europeo decir que la teología era "superflua e inútil", como por lo visto hizo el poeta deísta Tommaso Crudeli, se penaba en la cárcel (Israel, 2000). Negar los milagros, cuestionar la autoridad del papa y no digamos insinuar que Jesús era un impostor eran motivos legítimos para organizar "juicios contra ateos" que movilizaban a la jerarquía de Roma y Madrid. Debido a la creciente impotencia del poder eclesiástico, los métodos punitivos se han relajado, pero los vestigios del odio teológico perduran en el lenguaje de la guerra cultural.

Thomas recurre a otro viejo argumento de los teólogos. Dejar a los naturalistas fuera de la "naturaleza" humana; literalmente, deshumanizarlos:

Las evidencias implican hoy en día que el ateísmo es una enfermedad mental. Y esto es así porque la ciencia está mostrando que la mente humana está cableada para la fe: como especies, hemos evolucionado para creer, lo cual es una razón crucial por la que los creyentes son más felices. Las personas religiosas tienen intactas sus facultades, son humanos totalmente funcionales.

Dejando a un lado sutilezas sobre la ciencia cognitiva de la religión, paradójicamente, este argumento es un ácido corrosivo darwiniano para la misma fe que pretende defender. Si el ser humano no patológico simplemente ha "evolucionado para creer" (para creer cualquier cosa sobrenatural, bastaría con hacerse animista con tal de librarse de los peores peligros del ateísmo), es decir, si la religión es un mecanismo natural y evolucionado, entonces en general carece de sentido apelar a la intervención de Dios. De haber nacido en una época menos tolerante, seguramente este escritor de viajes hubiera terminado en un juicio de ateos.