8 abr. 2013

Sobre la eficacia de la difamación

Sam Harris escribe sobre cómo afrontar el cargo de "islamofobia" y otras formas de difamación corrientes en estos tiempos. En resumen, no hay ninguna solución óptima:

Un argumento general sobre la mecánica de la difamación. Es imposible defenderse eficazmente a uo mismo de críticas que no son éticas. La ley de la entropía está de su parte, porque siempre será más sencillo ensuciar que limpiar. Por ejemplo, es más fácil llamar a una persona "racista", "fanático", "misógino", etcétera que probar que alguien no es ninguna de estas cosas. Se hayan hecho los cargos originales con la intención de propinar o no un golpe, la víctima inmediatamente queda desprotegida y extremadamente preocupada por su reputación. Y, sean refutados o no, los cargos originales serán repetidos en blogs y foros de discusión, y muchos lectores supondrán que si hay humo, debe haber un fuego.

Ejemplos específicos, concretamente en el campo de la ciencia y la Academia, los hay en cantidad y bien estudiados.

La idea de que podemos hacer que las discusiones públicas avancen cumpliendo las normas de etiqueta de la racionalidad dialógica es una ridiculez. La mayoría de las discusiones importantes, sean religiosas, filosóficas, científicas o políticas no cumplen los protocolos "habermasianos". No nos engañemos: los argumentos ad hominem y ad personam habitualmente son eficaces, y siempre lo han sido. Incluso los insultos se consideran una forma legítima de combatir a los herejes en nuestra tradición, así que no cabe poner un gesto de sorpresa hoy en día si alguien decide sacar una navaja en lugar de responder a un argumento.