4 sept. 2012

Prometheus: No seas escéptico

Poster oficial de la película (Detalle).


Desde que el cine ha muerto no tiene sentido analizar las películas como si fueran obras de arte. Por la misma razón, el "oficio" de crítico cinematográfico tiene la misma vigencia hoy que el de arcabucero.

Realmente, el único modo de evitar dormirse en el cine actual es leer las películas en claves teológicas, filosóficas, propagandísticas y conspiranoicas. Y, en este sentido, Prometheus (Prometeo en Hispanoamérica) ofrece excelentes oportunidades de entretenimiento.

Esta película contiene toneladas tan pesadas de propaganda religiosa y del "diseño inteligente" que cuesta creer que la trama se les haya ocurrido sin más a los autores (uno de los guionistas de Lost es coautor), sin recibir ningún tipo de sugerencia o estímulo financiero externo. Por otra parte, la tesis astroarqueológica de Prometheus haría las delicias de un Erich Von Daniken o Zecharia Sitchin. Todo arranca con el descubrimiento de un "mapa estelar" concebido por culturas remotas que no han tenido contacto entre sí, y que apunta al planeta natal de los ingenieros genéticos de la especie humana. Los fabulosos hallazgos de estos astroarqueólogos ponen en riesgo "300 años de darwinismo".

La mano del guionista de Perdidos se deja notar sobre todo en las características multiculturales del reparto. Al igual que en la famosa serie televisiva, aquí también hay una gran variedad racial. Hay al menos dos nazis arios, el androide fascista interpretado por Michael Fassbender (al entrar en el puesto de mando alienígena exclama: "Es claramente una raza superior"), y la jefaza dominante y probable transgénero Meredith Bickers (Charlize Theron). Además, un hippy posmoderno burgués, Charlie Holloway (Logan Marshall-Greeen), amante comprensivo de la infértil Elizabeth Shaw (Noomi Rapace), el negro capitán Janek (Idris Elba) o el técnico asiático Ravel (Benedict Wong).

La religiosidad impregna y vertebra la trama de principio a fin. Para empezar, la dómina Meredith Bickers se muestra como una laicista radical a la que le molestan los arbolitos navideños. Probablemente, es atea, al igual que el egoísta magnate Peter Beyland (Guy Pierce) que antes de expirar musita "No hay nada". La heroína de la película, Elizabeth Shaw, es la que más ardientemente se resiste a la secularización. Los héroes de Prometheus son, a pesar de todo, fervientes creyentes ("No seas escéptico", reprocha Shaw a los que dudan de la astroarqueología), cristianos más que prometeicos, que creen en las reconfortantes ficciones del más allá porque es lo que han "elegido creer".

El sentido último del film se entiende bien desde las obsesiones escatológicas de la cultura judeocristiana (y babilónica, para el caso), con su idea de un Dios creador, de un pecado original y un fin de los tiempos. Su principal mérito es proyectar estas obsesiones en un porvenir tecnológico, sustituyendo a los demonios tradicionales por terroríficos seres reptilianos, y a los defensores de la fe por viajeros espaciales.

Estas características apologéticas no son ninguna novedad en la ciencia-ficción. Al fin y al cabo el monolito de Clarke y Kubrick también era un majestuoso símbolo creacionista. Nunca la llamada "ciencia-ficción" ha tenido mucho que ver con la ciencia y la racionalidad. Después de las hagiografías y los misales, la ciencia-ficción es el género literario más piadoso que hay. Lo más honesto sería rebautizarlo como "teología-ficción".