2 sept. 2012

“Encuentros en la tercera fase”, 35 años después

Roy Neary (Richard Dreyfuss) no pierde ojo de las cosas que se ven el cielo

Cuando la nave nodriza hace su aparición por encima de la montaña del diablo, en el estado norteamericano de Wyoming, los testigos experimentan una perceptible sensación de asombro y fascinación por aquella majestad luminosa, capaz de cubrir la bóveda de la noche. Tremens ac fascinans. Son la misma clase de sentimientos que, en opinión de Rudolf Otto (1869-1937), caracterizan a la experiencia universal de lo sagrado. Esto ocurre hacia el final de Encuentros en la tercera fase (Close encounters of the third kind, Encuentros cercanos del tercer tipo en Hispanoamérica), un film estrenado en noviembre de 1977 que ejemplifica mejor que ningún otro el cine religioso (he etiquetado esto como "ciencia ficción" meramente por seguir un convencionalismo) en la era de la ciencia y la tecnología. Muy significativamente, el mismo Steven Spielberg era por entonces un creyente en los platillos volantes, aunque perdió la fe a medida que los medios de comunicación convirtieron el fenómeno en una especie de "religión alternativa".

Encuentros es la mejor película ufológica y extraterrestre que se ha hecho, quizás con permiso de Ultimatum a la tierra, la película de Robert Wise de 1951 donde el alienígena Klaatu viene a poner orden entre las dos superpotencias de la guerra fría. La cinta de Spielberg contiene y propaga todos los elementos propios del mito ufológico, incluyendo extraños ecos en los radares, científicos estudiosos del misterio, místicos contactados, una conspiración gubernamental (los agentes del gobierno llegan a rociar a los creyentes desde el cielo con un vapor adormecedor, en presagio de los llamados "chemtrails") y una fabulosa toma de contacto final con la raza humana que supone ni más ni menos que el cumplimiento cinematográfico de la promesa mesiánica. El mismo cine de Spielberg reproducirá más tarde una especie de ciclo ufológico decadente, verdadero auge y caída de la ufología: desde el alienígena completamente fisico de E.T. El extraterrestre (1982), hasta los insípidos cosmonautas espiritualizados y "adimensionales" de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), que ya no interesan a nadie. Otras películas recientes, culturalmente mucho más anecdóticas, reflejan también un desencanto ufológico nunca superado, por más que se empeñen las nuevas generaciones de vendedores de misterios y conspiraciones.


Los pioneros galácticos son bendecidos por un sacerdote


Apenas ocultada por la irresistible numinosidad de los objetos voladores, la película también esconde una aparentemente estrafalaria trama amorosa y de "género" (otro convencionalismo, tampoco creo en eso). Roy Neary (Richard Dreyfuss) no sólo abandona a su familia, siguiendo un conocido mandato evangélico y cometiendo una infidelidad junto con otra loca de los platillos volantes, Jillian Guiler (interpretada por Melinda Dillon) sino que ¡lleva su fanatismo ufológico tan lejos como para abandonar por tiempo indefinido el planeta tierra a bordo de una nave espacial de otros mundos! La película no podría mostrar mejor las agudas diferencias de género que plantean las empresas fantásticas y de riesgo. Es cierto que la trama incluye también una creyente que desempeña un papel importante (Jillian), pero esta no lleva tan lejos su fanatismo como Neary, que decide montarse en la nave espacial junto con otro grupo de pioneros galácticos seleccionados por el gobierno. En realidad, Spielberg prefiere decir la verdad y no meter con calzador cuotas de género (hay exactamente 2 mujeres para 9 hombres entre estos pioneros), reflejando la conocida tendencia histórica según la cual hay una abrumadora mayoría masculina en las primeras generaciones de conquistadores y colonizadores de tierras incógnitas.