30 ago. 2012

Naturaleza humana

El 24 de julio llegaría el duque de Northumberland prisionero para ingresar en la Torre. Al entrar en la ciudad le despojaron de su capa escarlata para que no resultara tan notorio. Pero la muchedumbre pronto le reconoció; con la gorra en la mano parecía implorar misericordia. La gente, en número incalculable, se agolpaba en las calles y apenas podían abrirse paso: «¡Traidor, traidor!» era el grito continuado. A duras penas consiguió el earl de Arundel librarle de las iras de la multitud, porque sucedió que, entre la puerta llamada Del Obispo y la Torre, se toparon con el mismo aprendiz que pocos días antes había visto cercenadas sus orejas por haberse declarado partidario de María. Este hombre, lanzando amargos reproches al duque, le perseguía con un cuchillo en la mano. 
– En María Tudor. La gran reina desconocida, de María Jesús Pérez Martín (Rialp, 2012)