11 jul. 2012

Los “derechos humanos” no son sagrados

Hay una tendencia pintoresca e inadvertida entre ciertos partidarios del laicismo y el ateísmo militante: sacralizar la llamada "ética de los derechos humanos". Para ilustrarlo con un ejemplo reciente, podemos tomar la respuesta que ha publicado la asociación laicista española "Europa laica" ante la publicación del documento de la Conferencia Episcopal Española titulado: "La verdad del amor humano. Orientaciones sobre al amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar".

Los laicos reprochan esta vez a los obispos por el "cuestionamiento que se realiza desde la jerarquía católica sobre todas aquellas normas existentes en la legislación española". Esto es muy llamativo porque los mismos humanistas seculares cuestionamos continuamente muchas de estas normas positivas. Sólo hay que recordar el cuestionamiento masivo del artículo 525 del código penal que llevó recientemente ante los tribunales de justicia al artista Javier Krahe, acusado de ofender los "sentimientos religiosos". Las mismas asociaciones seculares apoyan campañas en toda Europa y en el mundo con la intención de suprimir las leyes positivas contra la blasfemia, o cualquier otra parte de la legislación que persiste en la discriminación contra no creyentes.

Aún es más preocupante la contundente afirmación de que "los valores de la democracia no pueden ser puestos en causa en ninguna ocasión y por ninguna instancia", una advertencia que, si hemos de tomarla en serio, no prohibiría sólo las críticas religiosas de la democracia, sino también cualesquiera otras con carácter filosófico y racional. Esto implicaría sacar de la circulación "democrática" no sólo a los obispos católicos, sino también, pongamos por caso, La república de Platón, o la Política de Aristóteles, obras que son eminentemente críticas con la democracia.

Redondeando este argumento ultrapositivista, Europa Laica añade que ninguna instancia o precepto "es superior a los que se contienen en la Declaración Universal de Derechos Humanos". Claramente se da por sobreentendido que el texto de esta Declaración es un valor secular sagrado, análogamente a cuando la facción más ortodoxa del judaísmo antiguo convirtió a la Torá en una revelación definitiva.

Esta invitación (mejor dicho, exigencia) a clausurar las discusiones éticas y políticas, en nombre de un presunto "consenso" democrático que obliga "rousseaunianamente" a todos, por lo menos desde mi entendimiento particular del humanismo secular, es inaceptable e incongruente.