5 mar. 2012

Óntica

Colin McGinn sugiere que hay que cambiarle el nombre a la filosofía. "Filosofía" es un término aristocrático, al menos de origen pitagórico, que servía para distinguir a los verdaderos sabios de aquellos (llamados "sofistas") que ponían sus conocimientos a la venta. El problema es que la filosofía técnica nada tiene que ver hoy en día con esto. Los filósofos académicos no sólo cobran hoy por su trabajo, sino que su actividad en nada se asemeja a la imagen popular de la sabiduría filosófica. Los filósofos técnicos no se ocupan de dar "sentido" a la vida ni nada por el estilo.

Desde que existe el oficio de científico, no muy antes del siglo XIX, los científicos ya no se designan como "filósofos naturales", sino como "físicos", "químicos", "biólogos", etc. Esta especialización es clave, desde luego, para explicar el desarrollo moderno de las ciencias, pero también representa un inconveniente para valorar lo que queda de "filosofía": la filosofía técnica o académica. Incluso, en ciertos ambientes, es de buena nota decir cosas contra la filosofía.

McGinn propone que la filosofía técnica asuma una nueva etiqueta para librarse de estos desagradables malentendidos: óntica. El diagnóstico es interesante, aunque la receta tiene el problema de incluir una definición demasiado vaga de ciencia, como "cuerpo de conocimientos sistemáticamente organizado". Este criterio podría incluir no sólo la filosofía, sino la teología dogmática, o para el caso cualquier otro cuerpo intelectualmente organizado de conocimientos. Por otra parte, la definición de "óntica" como ciencia que estudia "la naturaleza fundamental de la realidad, la existencia y el conocimiento" puede ser blanco de un reproche fácil, puesto que aparentemente las ciencias experimentales ya estudian eso. El problema es si alguna ciencia en particular, habida cuenta de que la física de partículas, o la química orgánica, no son capaces de explicar del todo por qué estoy escribiendo esto, puede asumir el estatuto de "ciencia óntica" por antonomasia.