14 nov. 2011

Fuertes prejuicios, malos argumentos

Una mayoría de estudiantes de instituto consideran que este argumento es correcto:

Todas las rosas son flores.
Algunas flores se marchitan rápidamente.
Luego algunas rosas se marchitan rápidamente.

El argumento es formalmente incorrecto, pero le sirve a Daniel Kahneman como ejemplo para ilustrar un punto importante, aparte del hecho de que los estudiantes norteamericanos no están muy familiarizados con la teoría del silogismo: cuando las personas estiman que una conclusión es correcta (en este caso, que algunas rosas se marchitan rápidamente) es probable que confíen en argumentos que parecen apoyar esa conclusión, incluso cuando son claramente incorrectos. Igual que la fe en Dios precede a las pruebas sobre su existencia, los argumentos sobre todo tipo de temas aparecen después de que una intuición o un prejuicio hayan dictaminado que una conclusión es correcta.

Ahora podemos examinar un momento el argumento de que no debe llamarse matrimonio al matrimonio homosexual porque el origen etimológico de la palabra se refiere al "cuidado de la madre" (matris munium). El problema es que normalmente no consideramos que el origen de una palabra determine su significado actual, ni siquiera en el caso de los conceptos más "duros" que precisan de la mayor precisión científica (el concepto de "átomo" es paradigmático en esto). ¿Cómo es posible entonces que un argumento tan malo, claramente insostenible, siga empleándose tan a menudo? Una explicación es que el prejuicio homófobo sigue siendo lo bastante fuerte como para apoyarse en pésimos argumentos.