17 ago. 2011

Mejor una misa juvenil que un auto de fe

Joseph Ratzinger aterrizará mañana en un país que lejos del "laicismo agresivo" practica una generosa "laicidad positiva" hacia la iglesia católica. Los hechos hablan contra los estereotipos. En las dos últimas legislaturas, el gobierno socialista no sólo ha cumplido escrupulosamente todos los términos del concordato con el Vaticano, sino que ha mejorado substancialmente la financiación pública de la iglesia (pasando la asignación via IRPF del 0'5 al 0'7%) y ha mantenido intacta su posición privilegiada en aspectos socialmente claves, en particular la educación (a través de la asignatura pública de religión y la ayuda a los colegios "concertados"). Si a esto juntamos la iniciativa de la llamada Alianza de Civilizaciones, en la práctica una santa alianza de religiones contra el laicismo, el resultado es la política religiosa más abiertamente clerical de nuestra historia democrática

No cabe duda que las ayudas estatales a la llamada Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), en línea con la laicidad positiva del gobierno, son concretamente un motivo justificado de crítica, pese a los ilustres intentos por restarle importancia. Pero no representan el único éxito de la propaganda religiosa. No es de menor importancia la exitosa caracterización pública de los no creyentes como incrédulos "radicales", "parásitos", "provocadores", "incultos", "paletos", y un largo etcétera. Una caracterización, por otra parte, favorecida por el aspecto poco coordinado que siguen ofreciendo las protestas laicas en España.

Desde luego, la ocupación religiosa del espacio público hoy no ocurre sin resistencias y, por otra parte, las descalificaciones preventivas de los clericales son pecata minuta en comparación con los insultos y persecuciones históricas. En conjunto, hay una visible pacificación de las luchas religiosas en las democracias liberales, y las nuevas diferencias entre seculares y religiosos características de la "escisión secular" de momento no recuerdan (con excepciones temibles) la cruda violencia del odio teológico tradicional.

Lleva razón Maryam Namazie al subrayar que buena parte de este inestable equilibrio se ha logrado a expensas del cristianismo, al menos de la teoría tradicional sobre las relaciones entre el estado y la iglesia. La cristiandad tradicional es una teocracia de facto, como da claramente a entender Ribadeneyra en su Tratado de la religión y las virtudes que debe tener un príncipe cristiano (1595):

Asi como la claridad del Sol excede la de todas las Estrellas y Planetas, así la dignidad y oficio del Sacerdote Christiano excede a cualquier dignidad y potestad temporal, como lo dice San León. Y San Clemente, Papa, testifica, que decía el Principe de los Apóstoles San Pedro, que los Reyes y Emperadores debían obedecer a los Sacerdotes, y pensar, que besando sus sagradas manos, por sus oraciones son reconciliados con Dios: por eso dixo Dios al Profeta Jeremías: Yo te doy puesto sobre las gentes y sobre los Reynos; porque como dice Teodoreto, era Sacerdote, y de los Sacerdotes de Anatoth. Y de ese lugar prueba Inocencio III, que es mayor la potestad espiritual del Sacerdote, que la temporal de los Reyes, y lo mismo dice Bonifacio I, escribiendo al Emperador Honorio; y Gelasio I, al Emperador Anastasio; y el ferventisimo Martir Obispo San Ignacio, escribiendo al Pueblo de Smirna, le dice: Que en el primer lugar se debe la honra a Dios, en el segundo a los Sacerdotes y en el tercero a los Reyes.

En el estado moderno y secular, a los católicos les está permitido protestar públicamente contras las leyes que consideran inadecuadas, pero cualquier pretensión de subordinar las decisiones del parlamento a las decisiones de los concilios y las posiciones morales de las encíclicas, pertenece al pasado de una visión teocrática. Conviene tener estos en principios en cuenta ante la inminente visita del papa y su presumible homilía política.