2 ago. 2011

La pacificación de los teólogos

La violencia humana está en declive durante los últimos siglos, según Steven Pinker, autor del libro más esperado de este otoño.

La crueldad como entretenimiento, el sacrificio humano para satisfacer a la superstición, el esclavismo como medio de ahorrar trabajo, la conquista como misión de un gobierno, el genocidio como modo de adquirir estados, la tortura y la mutilación como castigo rutinario, la pena capital para delitos menores y diferencias de opinión, el asesinato como mecanismo de sucesión política, la violación durante las guerras, los progromos a consecuencia de la frustración, el homicidio como mayor modo de resolución de conflictos, todos ellos son rasgos de la vida poco excepcionales en la mayor parte de la historia humana. Pero hoy resultan raros o inexistentes en occidente, mucho menos comunes en otras partes, y son lamentados cuando tienen lugar y condenados cuando salen a la luz.

Lo que quiero sugerir ahora es que este declive de la violencia física se aprecia también en los discursos, y particularmente en los discursos de los teólogos concernientes a la tolerancia religiosa. Hace unos meses comentábamos un artículo de María Tausiet sobre el "duelo de insultos" entre Calvino y Servet, recordando que la denigración de los adversarios (especialmente religiosos) era un procedimiento normal, nada excepcional en nuestra tradición o en otras, donde la impiedad ha sido vista como un problema político además de puramente filosófico.

Todavía en el siglo XVIII el autor de una concienzuda contestación a los filósofos impíos de su tiempo  (a quienes considera, no obstante "pseudofilósofos") se pronunciaba en estos términos sobre los peligros sociales y políticos inherentes al ateísmo y el materialismo:

Nótese desde aqui la profunda malicia en que se zanjan los principios del Deismo, Materialismo y demás falsos Filósofos. Sus hypótesis, que entre ellos tienen lugar de dogmas o de princicipios, no se contentan con referirse a ciertos puntos indiferentes, que nada influyen en los negocios del Estado y de la Religión o de la Moral, ya sea que se concedan o que se nieguen: no son como estas disputas de los Escolásticos que aun quando sean inútiles, no tocan con todo eso al estado comun de los hombres, ni al de los particulares; como si el todo sea alguna cosa mas que sus partes unidas; si los elementos entran formal o virtualmente en los mixtos; y asi otras en que se exercitan los jóvenes; sino principalmente miran a las costumbres, a la independencia de las Leyes, y de los Gefes de los pueblos; a los artículos de la fe, como si el mundo puede existir, y regirse por sí sin necesidad de algún Dios, y otros iremos viendo: advirtiendo, que estas hypótesis no ser reservan para las discusiones del Aula, sino que se tratan con el pueblo, y llaman fanatismo a la moderación que les opone.

El título completo del tratado escrito por Fernando de Ceballos es La falsa filosofía o El ateísmo, deismo, materialismo y demás nuevas sectas convencidas de crimen de estado contra los soberanos y sus regalías, contra los magistrados y potestades legítimas. Se combaten sus máximas sediciosas y subversivas de toda sociedad y aun de la humanidad.

Claramente se aprecia que la tolerancia religiosa es una conquista muy reciente, al lado de los estados laicos o los derechos humanos que han logrado mitigar, sino suprimir del todo, el terrorismo tradicional contra los no creyentes. Claramente se aprecia también la diferencia entre el libelo de Ceballos y la descripción del ateísmo como un respetable "modo de vida espiritual alternativo", según los términos del filósofo católico Charles Taylor, que llegó a recibir el premio Templeton. 

Por supuesto, las persecuciones contra impíos, herejes o apóstatas siguen produciéndose en el mundo, pero a menudo son denunciadas como vestigios teocráticos incompatibles con una democracia actualizada.

Paralelamente, también el discurso de los llamados "nuevos ateos" está lejos de las invectivas anticlericales de otros tiempos, y sólo algunos ignorantes y afectados histriones, deseosos de llamar la atención, se empeñan en asociar el "nuevo ateísmo" con violencias pasadas.

Auto de fe de la inquisición, por Francisco de Goya (1812-19)