26 mar. 2011

La “pretendida filosofía” de los ateos

Por lo tanto, dado que el consenso de todas las naciones en cuanto a la existencia de dioses inmortales permanece establecida, a pesar de que su naturaleza y origen permenecen desconocidos, no tolero que nadie se atreva, con no sé qué sabiduría irreligiosa, a intentar criticar o debilitar esta religión tan antigua, tan útil, tan completa, aunque sea Teodoro de Cirene, o uno antes de él, Diagoras el Meliano, a quien antiguamente se le diera el sobrenombre de Ateo, los cuales, por aseverar que los dioses no existían, eliminaron el miedo que dominaba la humanidad y toda veneración absoluta. Sin embargo, que nunca prevalezcan en esta disciplina impía, bajo el nombre y la autoridad de la pretendida filosofía. Los mismos atenienses expulsaron a Protágoras de Abdera y quemaron sus obras en una asamblea pública, por discutir deliberadamente, en lugar de profanamente, lo concerniente a la divinidad. ¿Por qué no hay que sorprenderse de que los hombres de una facción errada, ilegal y desesperada, tengan ira para con los dioses? Los hombres más ineptos y las mujeres crédulas, debido al simplismo de su sexo, se han reunido en las más sucias cloacas, estableciendo un rebaño de profana conspiración, reunida en encuentros nocturnos, solemnes fastos y carnes inhumanas, y no por ningún ritual sagrado, sino por lo que requiere penitencia, unas gentes que se esconden y rechazan la luz, que son silenciosos en público, pero habladores en las esquinas. Ellos detestan los templos como a casas de muertos, rechazan a los dioses, se ríen de las cosas sagradas. Son miserables que sienten pena por los sacerdotes, cuando ellos van semidesnudos y detestan los honores y los ropajes del purpurado. ¡Oh, enorme estupidez y audacia increíble! Ellos desprecian los tormentos actuales aunque temen aquellos que son inciertos y futuros; y mientras temen el morir después de la muerte, no temen el morir por el presente: es así como una engañosa esperanza alivia su miedo con el consuelo de un triunfo.

- Minucio Felix (150-270), Octavio (Capítulo VII)

La traducción original es de Diego Lecca (yo he añadido alguna modificación "creativa", por si alguien detecta errores o puede sugerir una traducción más exacta).