13 feb. 2011

Cesare Beccaria (1738-1794)

Cesare Beccaria probablemente no era ateo, pero fue acusado de impiedad y denunciado a la inquisición. En el prólogo a De los delitos y las penas (1764) se vio obligado a escribir esta apología, empleando por cierto un argumento consecuencialista típico en su obra:

Cualquiera, repito, que quisiere honrarme con su crítica, no empiece suponiendo en mi principios destruidores de la virtud ó de la religión, pues tengo demostrados no son tales los míos y así, en lugar de concluirme incrédulo ó sedicioso convénzame de mal lógico o de imprudente político: no se amotine por las proposiciones que sostengan el interés de la humanidad: hágame ver la inutilidad ó daño político que pueda nacer de mis principios, y la ventaja de las prácticas recibidas.

Cuestionando una tradición teocrática de las leyes más influyente de lo que se suele suponer, que cabe remontar hasta Platón, Beccaria propone una relación entre la ley divina y la ley social en cierto modo similar al criterio NOMA que Stephen Jay Gould aplicó a la relación entre ciencia y religión. Ambos tipos de leyes vendrían a ser también "magisterios que no se solapan", dejando gran espacio a la deliberación racional del derecho:

La justicia divina y la justicia natural son por su esencia inmutables y contantes, porque la relación entre dos mismos objetos es siempre la misma; pero la justicia humana, o bien política, no siendo más que una relación entre la acción y el vario estado de la sociedad, puede variar a proporción que se haga necesaria o útil a la misma sociedad aquella acción; ni se discierne bien sino resolviendo las complicadas y mudables relaciones de las combinaciones civiles. Pero si estos principios, esencialmente distintos, se confundieren, no hay esperanza de raciocinar con fundamento en las materias públicas. A los teólogos pertenece establecer los confines de lo justo o de lo injusto en la parte que mira a la intrínseca malicia o bondad del pacto; y al publicista determinar las relaciones de lo justo o injusto político, esto es, del daño o provecho de la sociedad. Ni un objeto puede perjudicar al otro, porque es manifiesto cuando la virtud puramente política debe ceder a la inmutable virtud dimanada de Dios.

Como en tantas otras ocasiones, el temor a la persecución obligó a Beccaria a retirarse a la esfera privada, privándonos de obras más ambiciosas. Aún así, De los delitos y las penas es una de las flores más bellas del movimiento de la Ilustración, una crítica permanente del despotismo y el tormento bajo el antiguo régimen.

Cesare Bonesana, marqués de Beccaria


Tratado de los delitos y las penas, en Google Libros.