4 oct. 2010

El último premio Nobel de medicina reaviva el conflicto entre la ciencia y la teología

Hoy se ha hecho público que Robert G. Edwards, nacido en 1925, es el último premio Nobel de medicina o fisiología. Los suecos argumentan que los logros del médico británico "han hecho posible el tratamiento de la infertilidad, un problema médico que afecta a una gran proporción de la humanidad, incluyendo a más del 10% de las parejas en todo el mundo". Desde el nacimiento de Louise Brown, la primera "niña probeta" en 1975, unos 4 millones de seres humanos han nacido gracias a las técnicas de fertilización desarrolladas por Edwards.

Es preciso recordar que las críticas al trabajo de Edwards, inflamadas por las presiones de los grupos religiosos, precipitaron que la British Medical Research Council dejara de subvencionar su trabajo. Por fortuna, la investigación pudo seguir adelante gracias a fondos privados y el programa de investigación ha seguido su curso.

La oposición religiosa a la fertilización llamada “artificial” se debe a que la implementación de este tipo de técnicas conlleva la pérdida o la conservación criogénica de embriones (células embrionarias) que no son implantados en el óvulo, vulnerando así el criterio místico (en realidad, especista y antropocéntrico) de la “santidad de la vida humana”, la misma doctrina que alimenta la oposición a la investigación biomédica con células madre o al aborto incluso en las fases iniciales del desarrollo fetal. La equiparación entre las células embrionarias y el “ser humano” es lo que explica la tajante afirmación que leemos en la encíclica Evangelium vitae (1995): “La eliminación de criaturas humanas inocentes, aún cuando beneficie a otras, constituye un acto absolutamente inaceptable.”

Las críticas de los historiadores y apologistas a la llamada "tesis del conflicto" (entre ciencia y religión, o entre teologia eclesiástica y ciencia) a veces se dan en un tono cortante y grandilocuente, como si no fuera necesario añadir nada más, pero sigue siendo muy difícil entender episodios como este, tan trabados por prejuicios religiosos, prescindiendo del prematuramente desterrado conflicto.

"Criaturas humanas inocentes."