29 sept. 2010

El proceso de la civilización, en España, pasa por prohibir las corridas de toros

La prohibición de las corridas de toros aprobada hace poco por el parlamento autonómico de Cataluña, tras una multitudinaria iniciativa popular, ha desencadenado una previsible reacción por parte de los aficionados y profesionales taurinos, y también por parte de aquellos que en nuestro país desempeñan la función de “intelectuales”, que han publicado últimamente distintas apologías de la tauromaquia en los medios de comunicación. Esta reacción incluye un breve ensayo filosófico de Fernando Savater: Tauroética, presentado estos días con el aval entre otros de Pere Gimferrer y Arcadi Espada. No he leído el libro así que no pretendo hacer críticas demasiado precisas, pero las declaraciones públicas de su autor permiten suponer que los argumentos protaurinos siguen moviéndose dentro de unas coordenadas tan conocidas como contestadas (recomiendo en particular la lectura de este artículo publicado en El País por Pablo de Lora, José Luis Martí y Felix Ovejero, donde se desmontan una a una las falacias protaurinas).

En el contexto de esta campaña contra la abolición de las corridas de toros, o al menos contra el nuevo “moralismo” que esgrimen los animalistas, me ha sorprendido mucho la publicación de una carta en las “Correspondencias” de Arcadi Espada donde se censura un post de este blog por moverse, supuestamente, “en la más absoluta indefinición”. El post en cuestión comentaba un trabajo firmado por dos criminólogos en la revista Journal of interpersonal violence, según el cual existiría un "fuerte enlace" entre la exposición al abuso contra los animales y la ejecución del abuso contra los animales, así como una fuerte asociación entre el maltrato doméstico y el maltrato animal. La muestra del estudio incluía a 860 estudiantes norteamericanos y sus resultados son totalmente compatibles con las asunciones habituales de los trabajadores sociales y los criminólogos que a menudo empleaban las evidencias de maltrato animal como una pista ("bandera roja") para investigar el maltrato doméstico y la violencia interpersonal.

Puesto que los supuestos teóricos, la metodología y las conclusiones de este artículo están escrupulosamente bien definidos, supongo que lo que le ha incomodado al autor de la carta es mi insinuación final acerca de que la tauromaquia podría equipararse con otras formas de maltrato animal.

Pero, en efecto, si consideramos a las corridas de toros una forma de maltrato animal, es difícil escapar a la conclusión de que su exposición pública puede tener un impacto moralmente indeseable, de modo análogo a como la exposición a la violencia animal doméstica aparece asociada con la violencia doméstica interpersonal. Como es natural, el artículo de DeGue y DiLilli no trata directamente de la relación entre corridas de toros y violencia humana y no aporta ningún argumento decisivo en este sentido, pero es una evidencia significativa de que “el modo en que tratamos a los animales está relacionado con el modo en que tratamos a los seres humanos”.

Tras considerar “gratuita” la campaña de los animalistas a favor del derecho de los animales a no ser maltratados o torturados, el autor de la carta defiende que la ética se basa en la “racionalidad”, si bien él mismo rectifica parcialmente al asegurar que “un deficiente no es un sujeto de derechos por su capacidad de pensar o de sentir, sino porque es humano”. Vemos, pues, que el criterio que se opone a las pretensiones de la ética animal descansa realmente en un supuesto especista y antropocéntrico según el cual solo los miembros de la especie biológica homo sapiens sapiens pueden disfrutar de derechos éticos y morales.

Este supuesto, aparentemente racionalista, en el que resulta muy difícil no ver un trasunto del criterio tradicional basado en la “santidad de la vida humana”, es justo el que está en discusión hoy en día a la luz de una reflexión ética basada en la ciencia. En todo caso, se trata de un supuesto tradicional que no puede seguir manteniéndose como un “a priori” racional invulnerable al razonamiento empírico. Por supuesto, no pretendo decir que sea imposible llegar a conclusiones antropocéntricas después de examinar las evidencias científicas. Solo estoy afirmando que las definiciones dogmáticas de escuela, en este caso, son inservibles.

Como ha mostrado el profesor Oscar Horta, actualmente en el departamento de filosofía de la universidad de Rutgers, las cuestiones relativas a la ética de los animales no afectan hoy a un partido filosófico en particular, pongamos por caso el utilitarismo à la Singer, sino que inundan prácticamente a todas las escuelas de la ética contemporánea. Esto implica que es posible ser Kantiano, Neoaristotélico, Contractualista, Materialista o Feminista, y al mismo tiempo mostrar una genuina preocupación por el bienestar y los derechos animales.

Es preciso remarcar en todo momento que los debates en torno a la ética animal no aparecen gratuitamente, o por histerismo y oportunismo político, sino que están fundamentados en el marco del naturalismo darwinista, y en particular en el conocimiento científico del sufrimiento animal, tal como refleja este manifiesto antitaurino firmado por profesores e investigadores de la universidad de Valencia:

La biología animal ha demostrado que los animales poseen sistemas especializados en la percepción de estímulos nocivos y que dicha percepción va acompañada de un intenso y desagradable componente afectivo. Por ejemplo, las investigaciones para el desarrollo de medicamentos analgésicos o de tratamientos paliativos del dolor en humanos utilizan la experimentación con animales, basándose, precisamente, en la idea de la estrecha afinidad entre humanos y animales experimentales. Por tanto, la conclusión a la que apuntan estas observaciones es que los toros experimentan dolor, estrés y sufrimiento con características semejantes a los de los seres humanos. De hecho, la legislación de la UE reconoce explícitamente que los animales son seres sensibles y establece como objetivo ‘evitar a los animales todo dolor o sufrimiento innecesario’. Para alcanzar dicho objetivo se ha desarrollado una normativa específica sobre la cría y el mantenimiento de animales en granjas, animalarios y zoológicos, sobre el transporte de animales y su sacrificio para el consumo, y sobre su uso en experimentación.

Con el debido respeto, el eco que todavía encuentran en España las apologías protaurinas no pasa de ser una peculiaridad folklórica y marginal. Ni siquiera es preciso comprometerse con una ética fuertemente animalista (no antropocéntrica) para reconocer, al menos, que cualquier espectáculo público que implique maltrato animal no puede considerarse una tradición admisible a la luz de una ética respetuosa con las evidencias científicas. Me parece que este es otro ejemplo de que la ciencia realmente tiene implicaciones morales y de que no todos los sistemas éticos o las costumbres colaboran del mismo modo al florecimiento humano. La decisión del parlamento de Cataluña puede estar ensuciada por intereses políticos y distorsionada por la justificación de otros espectáculos taurinos deleznables del mismo modo, pero es un paso formalmente correcto en la pacificación de las costumbres españolas y, de modo general, en el proceso de la civilización humana.