19 sept. 2010

El libelo de Ratzinger contra los ateos es inmoral y contrario a la razón

Las relaciones entre el nacionalsocialismo y el cristianismo son lo bastante complejas como para no ser reducidas a una fórmula mágica. Hitler mismo nunca fue un "católico practicante", si bien trató de legitimar corrientemente el discurso nacionalsocialista empleando el lenguaje de la "herencia cristiana" e incluso propuso un "cristianismo positivo" depurado de la ortodoxia tradicional. Por internet circulan estos días multitud de citas textuales extraídas de discursos hitlerianos que acreditan este vínculo político entre nazismo y cristianismo. Hitler probablemente sostuvo un "antagonismo fundamental" contra las iglesias cristianas en el uso privado de su razón, pero por lo que respecta a su uso público (para usar la famosa distinción de Kant) mostró menos hostilidad que simpatía.

En el capítulo 10 del Mein Kampf, el mismo Hitler desarrolló un punto de vista que puede llamarse "maquiavélico" sobre la relación entre el estado y la religión:

Un estudio de la situación religiosa antes de la guerra nos demostrará que todo se precipita rumbo hacia un estado de desintegración. Aun en este terreno, una parte considerable del país había perdido por entero toda sólida y amplia convicción (...) Existen numerosos síntomas que prueban la existencia de una lucha, cada día más violenta, contra el principio dogmático de las diversas iglesias, sin el cual el ejercicio de la fe religiosa sería inconcebible en este benevolente mundo. El término medio de la muchedumbre, que compone una nación no está formado por filósofos; para él, la fe es muy principalmente la única base en que se apoya un punto de vista moral de la vida. Las varias tentativas realizadas con el objeto de hallar sustitutos no han resultado tan adecuadas o afortunadas como para constituir una reforma evidentemente deseable, en cambio, de las antiguas confesiones religiosas. 
(...) Los ataques al dogma en sí mismo, muy parecidos a la lucha contra los principios legales generales del estado, provocarían a la postre un nihilismo religioso irremediable.
(...) No obstante, un político debe calcular el valor de una religión no tanto en relación con los defectos que le son inherentes, sino en relación con las ventajas de un sustituto que pueda ser manifiestamente mejor. Pero hasta el instante de no aparecer un sustituto así, sólo los necios y los criminales podrían consagrarse a la tarea de destruir lo ya existente.

No hay duda de que entre "los síntomas presagiadores del derrumbe en el antiguo imperio", Hitler contaba con el descenso de la religiosidad y el respeto por el dogma de los alemanes. Y su política religiosa fue bastante coherente con estos principios.

Desde luego, muchos católicos fueron perseguidos por los nazis, como cualquier otro grupo que supusiera algún obstáculo al Reich, incluyendo ateos y librepensadores. No es necesario comprometerse con los puntos de vista aparentemente inexactos de John Cornwell sobre el papado de Pio XII -como acaba de hacer Dawkins, cometiendo una imprudencia- para abandonar la narrativa del ateísmo extremista y del intachable catolicismo antinazi. No habría más que recordar que la lista de libros prohibidos por los nazis (Vía) incluía los "escritos de naturaleza filosófica y social que tratan sobre la falsa ilustración científica del Darwinismo y monismo primitivo (Häckel)" así como "todos aquellos escritos que ridiculicen, menosprecien o ensucien a la religión cristiana y sus instituciones, la fe en Dios o cualquier otra cosa que sea sagrada para los sentimientos saludables del Pueblo".

Hay una cita de Ingmar Bergman, en su autiobiografía, que viene a mi cabeza casi siempre que se trata de la relación entre nazismo y cristianismo:

Casi toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como pecado, confesión, castigo, perdón y misericordia, factores concretos en las relaciones entre padres e hijos, y con Dios. Había en ello una lógica interna que nosotros aceptábamos y creíamos comprender. Este hecho contribuyó posiblemente a nuestra pasiva aceptación del nazismo. Nunca habíamos oído hablar de libertad y no teníamos ni la más remota idea de a qué sabía. En un sistema jerárquico, todas las puertas están cerradas.

El recuerdo de estos hechos y testimonios históricos dan una gran autoridad moral a las asociaciones humanistas que han protestado estos días contra el "libelo" de Ratzinger en el Reino Unido:

La idea de que fue el ateísmo de los nazis (la mayoría de los cuales no era ateo en ningún caso) lo que condujo a sus visiones extremistas y odiosas o de que, de algún modo, alimenta la intolerancia hoy en Gran Bretaña, es un terrible libelo contra los que no creen en Dios. La idea de que son las personas no religiosas en la Gran Bretaña de hoy las que desean imponer sus visiones en los demás, viniendo de un hombre cuya organización se esfuerza en tratar de imponer internacionalmente su estrecha y exclusiva forma de moralidad y de minar los derechos humanos de las mujeres, los niños, las personas homosexuales y muchos otros, es surrealista.

Como ha argumentado el experto en estudios judíos Richard Steigmann-Gall en El Reich sagrado (introducción en PDF), el nazismo se explica mucho mejor en el sentido opuesto al que señala el discurso del Papa en Edinburgo, justamente como una reacción furibunda contra el secularismo y los valores de la civilización liberal ("Zivilisation"): para entender el nazismo es imprescindible entender cómo es que una doctrina semejante consiguió aclimatarse en una nación de creencias abrumadoramente cristianas.

Dado que es de todo punto improbable que Ratzinger ignore tanto las anfractuosas relaciones entre el nazismo y el cristianismo como para asociar el secularismo europeo con la "tiranía nazi que deseaba erradicar a Dios de la sociedad", la única alternativa razonable para el bochornoso discurso de Edinburgo es que se trate de una mentira deliberada, maliciosa, típicamente propagandista y maquiavélica, orientada a desviar la atención pública por el escándalo no sofocado de los abusos sexuales en la iglesia. En cualquier caso, ninguna opción deja a Ratzinger moral o intelectualmente bien parado y la lista de infamias de su papado sigue engordando.

El que esté de acuerdo con Ratzinger en equiparar nazis y ateos
, que levante la mano.

Vía de la foto y la leyenda.

ACTUALIZACIÓN: Susannah Heschel, imprescindible.