27 ago. 2010

La historia de la duda

Tradicionalmente, la duda se trata como un capítulo de la historia de las creencias. Y eso que el escepticismo es una actitud bastante natural en el ser humano, incluso si es español. No habría más que recordar a Marcelino Menéndez Pelayo, que a pesar de subrayar el ancestral amor de los españoles por la "unidad católica", necesita 3 volúmenes de más de 1.000 páginas cada uno para recordar nuestras herejías (y seguro que se dejó alguna).

Jennifer Michael Hecht dice ahora en Doubt. A history que la duda tiene derecho propio, y que es necesario narrarla de forma unitaria. Nada más normal si se asume un punto de vista "naturalista" de la historia de las ideas. En esta narración, de estilo excelente, aunque yo echo a faltar más aparato crítico, "encontraremos santos de la duda, mártires del ateísmo y sabios de la feliz increencia".

De hecho, la historia de la duda es la historia de la persecución de la duda.

Antes incluso de que las primeras luces de la filosofía se enciendan en Grecia, los brahmanes indios arremeten contra los textos de la escuela materialista y atea Lokâyata (siglo VI a.C.). La triste eliminación del Brihaspati Sûtra, su texto central, nos condena desde entonces a estudiar las enseñanzas de los Cârvâka exclusivamente a través de sus críticos y sus caricaturas.

Uno de los primeros griegos en profesar un escepticismo abierto ante los dioses, Protágoras de Abdera (485-411 a.C.) sabemos que es acusado de blasfemia y puede morir ahogado al intentar huir a Sicilia por mar.

Platón, que algunos consideran el verdadero padre de la filosofía (por lo menos de la académica), es también una especie de teócrata y defiende ardientemente que las leyes persigan a los blasfemos. Según Diógenes Laercio Platón habría pretendido prender fuego a todos los escritos de Demócrito, principal representante del atomismo (orientado al ateísmo) "pero los pitagóricos Amiclias y Clinias lo disuadieron, aduciendo que tal cosa era del todo inútil, puesto que eran ya muchos los que se habían procurado sus libros".

En la Biblia, desde el famoso salmo que llama "necios" a los ateos, el escepticismo es puesto bajo sospecha de forma corriente y las versiones más "seculares" del judaísmo son reprimidas por la narrativa de los ortodoxos triunfantes. Esto es visible en el libro de los Macabeos (se cree escrito alrededor del siglo II a.C.), texto sacralizado para sofocar las tendencias cosmopolitas de lo hebreos helenizados. Hecht intenta hacer justicia a estos olvidados mártires de la duda en un capítulo que debería ser leído cuidadosamente:

Como he dicho, la Hanukkah es la celebración de la revuelta que reclamó el Templo, y se la recuerda generalmente por marcar una ruptura entre los poderosos opresores paganos y determinadas víctimas judías. Pero la primera víctima de la revuelta fue un judío secular en las manos de un extremista judío, los enfrentamientos posteriores incluyeron asesinatos y circuncisiones forzosas, y concluyó arrojando fuera de la ciudad el modo de vida judío y cosmopolita. Cuando los judíos seculares celebran esto, acaso quieran hacerlo con algún cuidado y encender una vela para el otro bando. Si Judas y su martillo son una especie de héroe, devotos de un cierto tipo de sabiduría, Miriam y su pequeña sandalia son otro tipo de héroe, asaltada por defender un campo más amplio de sabiduría y la virtud de una mente abierta.

Durante la época romana la duda sólo se hace pública con sigilosa prudencia, permaneciendo en el "uso privado de la razón" para decirlo con Kant. Cicerón (106-43 a.C) describe en La naturaleza de los dioses las opiniones ateas más extendidas en la antigüedad, y refiere que Epicuro con toda probabilidad no creía en los dioses, pero que eludía publicar claramente su opinión "para evitar el odio de ateísmo".

Aunque empapadas por un contexto fuertemente teológico, distintas formas de escepticismo no desaparecen ni siquiera durante la edad media, según un volumen editado recientemente por Henrik Lagerlund.

Con esto nos limitamos a unos pocos de los escépticos antiguos. Bastaría con evocar los nombres de Hipatia de Alejandria, Averroes, Maimónides, Pomponazzi, Spinoza, Descartes... para entender que la persecución de la duda (no siempre, aunque a menudo, inclinada al ateísmo o en todo caso al naturalismo) continúa muy viva en toda la historia humana.