20 may. 2010

La dignidad humana desde la neurofilosofía

La "dignidad humana", afirma Churchland en su contribución a un volumen para el Consejo de Bioética de la Presidencia de EE.UU., no es un concepto claro, como pudiera ser el de "electrón", o el de "hemoglobina" (siempre con respecto a las mejores teorías físicas y biomédicas), aunque tampoco radicalmente convencional, a la manera como el significado de "metro" es relativo al tamaño del trozo de platino conservado en una oficina de París. Con la "dignidad", ocurre que ninguna cultura hegemónica, revelación mística, ideología universal, o análisis conceptual es capaz de sentar un veredicto definitivo. Sólo podemos aspirar a razonar juntos (elevada y difícil aspiración), intentando calibrar nuestras opiniones morales en función de la experiencia histórica compleja y de las mejores teorías y evidencias científicas a disposición.

La moralidad humana, siguiendo esta línea, puede remontarse hasta dos fuentes. Por una parte, la estrictamente biológica que explica el comportamiento moral como una propiedad de la evolución del cerebro humano y de nuestro pasado remoto como mamíferos sociales. Y por otra, su fuente política, que aporta condiciones concretas de vida, accidentes históricos y respuestas culturales específicas. Esto implica, como viene subrayándose, que el componente neurogenético de la moral no es suficiente, aunque sea totalmente indispensable para eliminar puntos de vista sobrenaturales y erróneos.

Pese a que no es sencillo conocer el criterio de una sociedad mejor, Churchland apunta en la misma dirección que Sam Harris al afirmar que "existen formas mejores y peores de organizar la sociedad", y que estas formas pueden ser exploradas a través de la historia y de la ciencia, con preferencia al dogma o la certeza moral del gurú:

Sí, tiene sentido hablar de progreso moral. Algunas sociedades son indudablemente mejores que otras a la hora de tratar decentemente a las personas, esto es, con el debido respeto a su dignidad, y las sociedades pueden aprender de sus errores y mejorar su eficacia al respecto. Pero es un hecho desgraciado que los intentos morales más fuertes de mejorar la sociedad humana, a veces ejecutados en el nombre de la preservación de la dignidad humana, hayan conducido en ocasiones al maltrato de los seres humanos y a ocasionar mucho sufrimiento. Las buenas intenciones basadas en la certeza moral no son una garantía de que los seres humanos realmente se beneficien.


Churchland expone entonces una serie de casos históricos que acreditan de qué modo el progreso moral se ha enfrentado a oposiciones dogmáticas, normalmente religiosas. En el siglo XVIII, por ejemplo, algunos teólogos protestantes y católicos se opusieron a que la viruela fuera tratada con vacunas que eran consideradas una "operación del diablo". La anestesia mediante cloroformo también fué rechazada desde los púlpitos, basándose en la autoridad bíblica (por ejemplo, Génesis 3:16). Otros ejemplos de oposición eclesiástica  incluyen el uso de las técnicas contraceptivas, la fertilización in vitro, la disección de cadáveres (hasta la bula de Bonifacio VIII en el siglo XIII) o la donación de órganos por donantes vivos (hasta la declaración de Pio XII en 1956). Todas estas oposiciones fueron desplomándose no porque fueran vencidas por argumentos, sino a la vista de las evidentes ventajas que proporcionaban las nuevas técnicas. Churchland predice que esta situación se repetirá de nuevo cuando los resultados de la investigación con células madre embrionarias, pongamos por caso, empiece a dar resultados prácticos difíciles de cuestionar:

Alguien que posee degeneración mascular y que se queda ciego a los veinte, o que es cuadrapléjico a los quince, no encuentra razonable que una bola de células indiferenciadas -sin neuronas a la vista- es realmente su igual en derechos y obligaciones. A la vez que escribo esto, nuevas investigaciones están mostrando que cuando inyectamos células de la retina a ratones recién nacidos con la retina dañada, se enlazan con las células existentes y restauran el funcionamiento de la retina, proporcionando la mejor evidencia hasta la fecha  para la terapia de reemplazamiento de células en el sistema nervioso central. Una vez que los beneficios terapeúticos se convierten en innegables, los textos bíblicos serán reinterpretados para mostrar que Dios aprueba los avances científicos que alivian el sufrimiento, tal como ocurrió en los casos de las vacunas o la anestesia. Se verá como algo obvio que, así como una semilla fertilizada de manzana no es un manzano y un huevo de pollo fertilizado no es un pollo, tampoco un huevo fertilizado es una persona.

En la última sección Churchland arremete contra el argumento que suele esgrimirse para minar las explicaciones naturalistas de la conciencia y de los temas morales: Si mis decisiones y elecciones son el resultado de la actividad del cerebro y si el cerebro es una máquina causal, ¿Soy responsable de algo? La respuesta es un buen ejemplo del materialismo revisado que no pretende eliminar las mismas representaciones de la justicia, la moralidad, la dignidad o similares, sino únicamente sus justificaciones erróneas. Pues, contrariamente a la opinión de algunos, la comprensión científica de la conducta humana ayudaría a poner estas representaciones sobre una base mucho más sólida que si las dejamos descansando en explicaciones imaginarias.



Churchland, P.S. (2008). Human dignity from a neurophilosophical perspective Human dignity and bioethics: Essays commisioned by the president's council on bioethics