11 mar. 2010

Ratzinger en la mezquita

Poco después del discurso en la universidad de Ratisbona, en octubre de 2006, un grupo de autoridades y académicos islámicos publicaron una 'Carta abierta al Papa' en la que aplaudían sus "esfuerzos para oponerse al predominio del positivismo y del materialismo en la vida humana" y criticaban simultáneamente presuntos errores o simplificaciones sobre la doctrina musulmana en los que habría incurrido Benedicto XVI. La reacción a Ratisbona ha provocado importantes consecuencias, tanto en el lado de los teólogos islámicos que han puesto en marcha desde entonces la iniciativa 'Una palabra común' (A common word) con la pretensión de ligar los intereses de clérigos cristianos y musulmanes, como en el lado romano, con el nombramiento de Jean-Louis Touran como cabeza del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso.

Desde entonces, la "doctrina Tauran" fervientemente apoyada por Ratzinger ha favorecido una agenda de encuentros "inter-religiosos" que en realidad camuflan relaciones políticas entre el Vaticano y representantes significativos de países islámicos (en particular, Arabia Saudita e Irán). Entre los últimos episodios de esta campaña diplomática destaca la intervención del cardenal Tauran en la Universidad de Granada, 'Cristianismo, Islam y Modernidad':


No debemos temer al Islam, pero diría más: cristianos y musulmanes, cuando profesan su propia fe con integridad y credibilidad, cuando dialogan y se esfuerzan por servir a la sociedad, constituyen una riqueza para esta última.

En resumidas cuentas, de acuerdo con Tauran la Europa descreída, infiel y laica debe estar agradecida al Islam por haber recuperado la religión en la escena pública y política.

Las consencuencias de esta doctrina, como apunta Javier Monjas en Nuevo Digital (uno de los pocos medios en los que resuenan las peripecias de la nueva 'Santa Alianza') no se limitan a las conocidas soflamas clericales contra el positivismo, el progreso o la propia democracia, también podrían implicar la piadosa purificación de cualquier material crítico "ofensivo para los creyentes"; dicho de otro modo, la vigilancia eclesiástica de la libertad de expresión en nombre de la armonía religiosa. Irlanda señala el camino.

Del tímido reproche al Islam en Ratisbona hemos pasado, así pues, a una abierta confraternización entre teocracias que proclaman su odio al materialismo y su fidelidad al Todopoderoso, al Bien, a la Verdad y a la Belleza, mientras la realidad es mucho más cruda fuera de palacio. Un irenismo -o maquiavelismo, según se mire- verdaderamente sobrecogedor, sostenido desde el bastión mismo del Antiguo Régimen en Europa, ante el que apenas puede competir la llamada 'Alianza de Civilizaciones' y que deja completamente en ridículo la supuesta confabulación "progre" para islamizar el occidente.

Tal como sintetiza la intervención de Ratzinger en la mezquita de Amán, el pasado mes de abril:


Debe preocuparnos que hoy en día, con insistencia creciente, algunos mantengan que la religión fracasa en su pretensión de ser, por naturaleza, un constructor de unidad y armonía, una expresión de comunidad entre personas y con Dios. De hecho, algunos afirman que la religión es necesariamente una causa de división en nuestro mundo, y argumentan que lo mejor es prestar menos atención a la religión en la esfera pública. Ciertamente, la contradicción de tensiones y divisiones entre seguidores de diferentes tradiciones religiosas, tristemente, no puede negarse. Sin embargo, ¿no sucede frecuentemente que el catalizador real de la tensión y la división y a veces de la violencia en la sociedad, es la manipulación ideológica de la religión? Frente a esta situación, cuando los oponentes de la religión buscan no simplemente silenciar su voz sino reemplazarla con la suya, lo que los creyentes necesitan para mantener la verdad de sus principios y creencias es sentirlos con más profundidad. Los musulmanes y los cristianos, precisamente a causa de la carga de nuestra historia común tan a menudo marcada por malentendidos, deben esforzarse hoy en ser conocidos y reconocidos como fieles en la oración de Dios, deseosos de defender y vivir en los decretos del Todopoderoso, misericordiosos y compasivos, resueltos en ofrecer testimonio de todo lo verdadero y bueno, y siempre conscientes del origen y la dignidad común de todas las personas humanas, que permanecen en el ápice del diseño creativo de Dios para el mundo y para la historia.