3 jul. 2009

El movimiento ateo por los derechos civiles

El respeto íntegro por los derechos civiles de los ateos es ya un excelente marcador para determinar el grado de apertura y libertad en una sociedad del siglo XXI.

El movimiento ateo por los derechos civiles podría definirse, al menos políticamente, como un esfuerzo para que las democracias resistan a la tentación de convertirse en "democracias religiosas" y para que las naciones liberales sean también -tal como reconoció Barack Obama en su discurso inaugural como presidente- naciones de "no creyentes" con plenos derechos.

El artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos humanos ya admite "la libertad de cambiar de religión o creencia" y la lucha activa de distintas asociaciones y activistas seculares está ayudando a convertir esta pluralidad en un reconocimiento más explícito del humanismo ateo. Contra lo que afirman Grothe y Dacey, el movimiento ateo puede constituir un tema de derechos civiles y sí puede configurarse como un "movimiento de liberación", especialmente en aquellos países donde las legislaciones teocráticas aún presionian realmente contra la minoría atea.

De acuerdo con Tabash, un test para averiguar si el esfuerzo de un grupo minoritario para alcanzar la igualdad constituye un asunto de los derechos civiles consiste en conocer sí las actitudes de la mayoría hacia la minoría "reflejan prejuicios irrazonables o el deseo de negar derechos legales plenos a sus miembros". A partir de este criterio, el movimiento ateo sería un tema propio de los derechos civiles incluso en las democracias liberales de occidente donde las actitudes heredadas de la mayoría religiosa aún son muy resistentes y a veces son abiertamente hostiles contra la "minoría cognitiva" de los ateos. Esta es la razón principal por la que algunos estamos solicitando que el reconocimiento de la apostasía, el respeto por el pensamiento laico y de la libertad de los no creyentes sean temas explícitamente abordados por los foros internacionales.

Creemos que el tratamiento de las iniciativas seculares que dan los medios y los grupos religiosos sigue siendo intransigente y desequilibrado incluso en los países occidentales, donde aún sigue dándose por sobreentendido un cierto privilegio público de lo religioso.

Así lo demuestra, recientemente, la amplia reacción de la derecha religiosa contra el más o menos improvisado "bautismo civil" del hijo de una actriz en Madrid. Mucho más que una crítica del presunto "intervencionismo" del estado en la vida privada de los ciudadanos, lo que se transparentaba en estas críticas era un resentimiento generalizado contra el asociacionismo humanista y laico, como si los ritos de paso fueran un patrimonio católico y no -como apunta Teresa Giménez Barbat- una herencia común a toda la humanidad. Parecidos reproches ha provocado estos días una iniciativa singular de AC Grayling y Richard Dawkins para organizar un campamento infantil con el terrible y disoluto propósito de promover el pensamiento crítico y de "animar a que los niños piensen por sí mismos, de forma escéptica y racional". Algunos críticos han acariciado incluso los más remotos confines de la imbecilidad en esta oportunidad, como cuando un columnista de un diario religioso relacionó a los seguidores de la memética y de Dawkins "con otras manifestaciones gnostico-sincréticas de las nuevas espiritualidades"...