10 jul. 2009

10 libros del siglo XIX que cambiaron la historia

Claude Monet. Mujer leyendo (1872)

Este post también podría leerse como una recomendación de lecturas veraniegas, porque la mayoría de los libros están escritos con gran estilo. Otra cosa, naturalmente, es que se encuentren en las librerías, o incluso en las bibliotecas. En algunos casos existen ediciones digitales.

Son diez obras representativas del pensamiento secular decimonónico, aunque mucho más criticadas o aduladas que leídas.

1. Thomas Paine. La edad de la razón, 1794-1807

Paine fué el más fabuloso ideólogo norteamericano del radicalismo democrático. Aunque deísta, y buscador de la "verdadera teología", su pensamiento era ampliamente secular y racionalista, en continuidad con la tradición de Hume o Spinoza. La principal virtud de La edad de la razón fué poner al alcance del público argumentos ya conocidos por la élite intelectual, con un lenguaje franco y energético, espoleado por los acontecimientos de la revolución francesa y americana. Todavía en 2006, Christopher Hitchens ha podido advertir en el siglo XXI que "si los derechos del hombre han de sostenerse en un tiempo oscuro, necesitaremos una edad de la razón".

2. Stendhal. Rojo y negro, 1830

El antecedente del naturalismo literario posteriormente cultivado por Zola, Flaubert o Galdós. La gran obra del realismo provinciano, el retrato de la restauración europea en la era posnapoleónica, y -en definitivas cuentas, mucho más que una simple trama novelesca: un testimonio vivo e intemporal del liberalismo clásico. En particular el capítulo XVIII -bajo mi punto de vista, es una obra maestra dentro de una obra maestra.

3. David Strauss. Vida de Jesús, 1836

La crítica bíblica y la creciente erudición histórica del siglo XIX convergieron en un desprestigio creciente de la religión dogmática. Por primera vez en siglos "cristiano" o "católico" empezaban a no entenderse como algo sinónimo de "ser humano". La obra de Strauss, como la de Lachmann o Reimarus -este alcanzando conclusiones aún más radicales, venían a cuestionar los hitos más venerados del "Jesús histórico" poniendo énfasis en el carácter esencialmente mitológico y poético de los relatos evangélicos, y ayudando a crear una escisión entre historia y fe cada vez más difícil de resolver por los teólogos del porvenir.

4. Ludwig Feuerbach. La esencia del cristianismo, 1841

Según Karl Marx, "sólo de Feuerbach arranca la crítica positiva, humanista y naturalista". La teología es antropología, los atributos del Dios cristiano expresan en realidad deseos humanos proyectados fuera de sí. Sólo entonces, convertida en teología, en esencia enajenada, la imaginación humana "se convierte en una mina inagotable de falsedades, ilusiones, contradicciones y sofismas". Por descontado, la tesis de Feuerbach ha sido objeto de un escrutinio intensivo por los teólogos -y también por parte de Marx, que observó la necesidad de dar un paso más hacia el humanismo práctico por la vía del socialismo. Pero, en esencia, al devolver la religión a su lugar natural (el ser humano, la mente humana, las relaciones sociales) Feuerbach indicó el camino de toda ciencia de la religión que merece el nombre de moderna.

5. Auguste Comte. Curso de filosofía positiva, 1842

A pesar de las excentricidades en ocasiones exageradas por los detractores, la filosofía positiva contribuyó a consolidar un referente contra el idealismo de la "etapa teológica", que muchos filósofos, científicos e incluso artistas y literatos han empleado con provecho desde entonces. Acaso muchas propuestas de Comte estuvieran equivocadas, pero el espíritu positivo -valga la licencia, que encarrila la razón humana por vías no metafísicas, continúa iluminando el camino del naturalismo científico.

6. Karl Marx y Friedrich Engels. El manifiesto comunista, 1848

Con independencia de que se milite o no en alguna variante del comunismo, este Manifiesto -también una magnífica pieza literaria-, suministró la base doctrinaria más sólida e incendiaria para el movimiento obrero del siglo XIX y todo el tiempo posterior. Los liberales burgueses tenían su Declaración de Independencia de los EE.UU. o la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamada por la Asamblea francesa, los demócratas radicales tenían un Rousseau, o un Saint-Simon, pero los nuevos socialistas surgidos de la doble revolución (política e industrial) debieron esperar a Marx y Engels para completar su propio partido alternativo.

7. Charles Darwin. El origen de las especies, 1859

Esta obra de la que se han cumplido recientemente 150 años revolucionó la filosofía natural al eliminar la plausibilidad del paradigma creacionista (después llamado "Diseño Inteligente") y finalista que había reinado en las ciencias naturales más o menos desde que Aristóteles fuera "bautizado" por los doctores escolásticos. Darwin consiguió sustituir la metafísica de las especies por un mecanismo físico y natural que explicaba las revoluciones del mundo de la vida de un modo mucho más convincente (e incluso más elegante) que la visión tradicional: la selección natural.

8. Charles Darwin. El origen del hombre, 1871

Solo el sentido de la prudencia demoró la publicación de esta obra en la que Darwin desveló a un público amplio la terrible verdad (para la concepción tradicional): el ser humano, al igual que las demás especies, descendía de "alguna forma inferior". Los mamíferos y los "monos superiores" forman parte de nuestra familia biológica extendida: incluso las facultades más sublimes del espíritu humano evolucionaron a partir de mecanismos ya presentes en "animales inferiores", y se puede decir que "no hay diferencia esencial en las facultades del hombre y los mamíferos superiores". Esta afirmación traumática provocó un terremoto en las ciencias naturales que poco a poco se ha ido transmitiendo también a las humanidades: la revolución naturalista.

9. Edward Burnett Tylor. Cultura primitiva, 1871

Uno de los primeros tratados sistemáticos de antropología cultural trató el tema de la "religión en la cultura primitiva" sugiriendo que fué la invención del animismo, por parte de "los antiguos filósofos salvajes", el mecanismo psicológico por el que se generan desde siempre los sistemas religiosos. El papel de las creencias animistas en la constitución de la religión sigue siendo un objeto de controversia científica, pero corresponde a Tylor el mérito de haber planteado la pregunta adecuada. Además, el carácter fuertemente materialista de la tesis de Tylor explicaría en parte la reacción de los ideólogos conservadores contra la reducción animista de las religiones, como documenta el último ensayo de Gonzalo Puente Ojea.

10. John William Draper. Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia, 1874

Otra maravilla
del intelecto "decimonónico" muy contestada al principio, ignorada más tarde, y no demasiado leída, entendida o valorada en tiempos donde prima el "acomodacionismo". En cualquier caso Draper dejó una obra indispensable para comprender la situación cultural en plena polémica a cuentas del positivismo y el darwinismo de la época. Pero su planteamiento de partida sigue siendo francamente actual: "La historia de la ciencia no es un mero registro de acontecimientos aislados. Es la narración del conflicto de dos poderes antagonistas; por una parte la fuerza expansiva de la inteligencia del hombre; la comprensión engendrada por la fe tradicional y los intereses mundanos, por otra."