18 may. 2009

La idea de ciencia en Ángeles y demonios

Uno de los capítulos más interesantes de La razón estrangulada, de Carlos Elías (Debate, 2008), pasa revista a la relación entre la cultura mediática del siglo XX y la ciencia, y cómo el cine y la televisión han colaborado a derrumbar lo científico en nuestras sociedades dominadas por intelectuales literarios.

El caso de los cineastas contra la ciencia se puede inspirar en la literatura romántica del siglo XIX (Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, La leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson, etcétera) aparece ya abiertamente formulado en Metropolis (Fritz Lang, 1930), una parábola sobra la alianza de clases contra los peligros de la tecnología, y se prolonga en una interminable lista de films que consagran el arquetipo del científico loco y el apocalipsis científico.

A medida que desaparecen los temores de la guerra fria a que la ciencia atómica destruya la vida en la tierra (La hora final, Teléfono rojo?. Volamos hacia Moscú, El día después y un larguísimo etcétera) el arquetipo frankensteinano adopta otras formas, en particular relacionadas con las nuevas ciencias de la naturaleza humana y la biotecnología. Gattaca (Andre Niccol, 1997), por ejemplo, en lugar de celebrar las bendiciones de la biomedicina y de la genómica personal, prefiere presentar una distopía futura marcada por el racismo científico, en la línea de Un mundo feliz de Aldous Huxley.

A la mayoría de los críticos cinematográficos, tan "de letras" como los cineastas, esta imagen desequilibrada de la ciencia les pasa completamente desapercibida o bien la saludan efusivamente como ejemplo de "pensamiento crítico". La contrapartida literaria del científico loco -con la notable excepción de la primera versión de Últimatum a la tierra- suele ser la del humanista o hermeneuta (a veces incluso el mago y el clérigo) que cuestiona la "razón instrumental" y la hibris despótica de los científicos. Éste es el caso de Robert Langdon, el protagonista de la última novela de Dan Brown llevada al cine, y que también protagonizó El código da Vinci. Como ya saben miles de espectadores y lectores, Langdon es un hermeneuta agnóstico ¡de Harvard! que desenreda la trama vaticana de la obra resolviendo fantásticos acertijos y empleando la razón simbólica.

Ángeles y demonios recoge las más populares conspiranoias surgidas en torno al Gran Colisionador de Hadrones situado en el CERN, la Organización europea para la investigación nuclear. Tal como recopiló Luis Alfonso Gámez, las fechas para el fin del mundo por un desastre tecnocientífico como este son recurrentes desde el siglo XX, pero el aparente descrédito de las predicciones nunca disuade a sus creyentes y promotores, como el "magufo" Dan Brown. El escritor norteamericano, de hecho, no sólo consagra los temores pseudocientíficos sino que presenta a los clérigos y los hermeneutas como los salvadores del mundo.

De hecho, Brown estimula explícitamente la armonía de ciencia y religión, recomienda tratar con "benevolencia" a la Iglesia y considera que es posible un catolicismo "progresista" -de modo similar a cómo consideraba viable un cristianismo feminista en El código Da Vinci. En contraste, la imagen de la ciencia aparece completamente distorsionada, como muestra la constante confusión entre ciencia y esoterismo místico (los "cuatro elementos" clásicos, por ejemplo, son hoy tan "científicos" como el flogisto o el éter) así como la presentación fanatizada de los científicos ateos como "illuminati", una sociedad secreta de racionalistas confabulados para destruir el Vaticano. En resumidas cuentas, Ángeles está muy lejos de ser una obra anticristiana o incluso anticatólica, a pesar de que los fanáticos habituales ya han solicitado el boicot y se han empleado con mucha más dureza contra Brown que los racionalistas.