9 abr. 2009

El debate científico sobre el libre albedrío

Pensar de espaldas a las ciencias no tiene ningún porvenir. En no mucho tiempo la metafísica -entendida como una reflexión independiente de las ciencias naturales- será una curiosidad para los arqueólogos del saber y un divertido residuo teológico: La ciencia es realmente la única noticia.

El libre albedrío es uno de esos temas que nos interesan en particular porque gran parte de la vida social descansa en la creencia de que somos agentes responsables de nuestras propias elecciones, de que somos libres para escoger. ¿Significa esto que somos realmente "libres" o que comprendemos qué significa "libre albedrío" en un sentido más profundo al de nuestras intuiciones? De ninguna manera. Ni el Talmud, ni la Biblia, ni la filosofía escolástica, ni la psicología popular, ni las ideologías seculares pueden despejarnos la duda. Todo lo contrario, tradicionalmente tenemos una milenaria y jamás zanjada discusión entre "deterministas" y "libertarios".

El mundo social está tradicionalmente repleto de creencias erróneas que, sin embargo, pueden cumplir una función social. Tradicionalmente el ser humano ha dado por supuesta la existencia de realidades sobrenaturales que suponía verdaderas responsables de muchos fenómenos naturales y sociales. Lo que entendemos por "ciencia", en su sentido occidental, es una incesante lucha contra estas creencias erróneas, desde la física intuitiva al origen divino de la enfermedad. Así que el argumento pragmático no es concluyente en absoluto. El libre albedrío podría ser una creencia socialmente funcional (y disfuncional la contraria, ex hypothesi) pero a la vez completamente ilusoria. Incluso, los partidarios del determinismo podrían actuar pragmáticamente como si existiera el libre albedrío, pero eso tampoco es un argumento a favor de que exista. Por otra parte los experimentos mentales, como el de la "tierra gemela" pueden ayudar a iluminar algunos aspectos del debate, pero nunca serán resolutivos debido a su carácter especulativo.

En definitiva, los métodos tradicionales no sirven para resolver el problema tradicional del libre albedrío. Para resolverlo necesitamos otra cosa: necesitamos verdadera ciencia natural, independiente y libre de ideologías. Esto es ni más ni menos lo que daba a entender Patricia Smith Churchland, cuando afirmaba que es preciso transformar el debate en una cuestión informada desde el punto de vista neurocientífico: ¿Qué significa en términos neurobiológicos duros que un agente "actúa líbremente"? ¿Es posible diferenciar nítidamente, en la escala de los eventos cerebrales, entre las decisiones voluntarias y las involuntarias? ¿Cómo afecta realmente el cerebro a la toma saludable de decisiones? Mientras no tengamos respuestas a estas preguntas, el debate solo trata sobre opiniones, intuiciones y conceptos venerables. Nullius in verba.