5 abr. 2009

Contra la santidad de la vida humana

A pesar de ser uno de los filósofos éticos y académicos más influyentes, Peter Singer ha sido calificado como "el hombre más peligroso del planeta" y considerado a menudo como un profeta de la muerte, un asesino de niños y un nazi. Son adjetivos que uno tiene que dar por descontados cuando se cuestiona la "santidad de la vida humana" como un principio moral cuya negación sistemáticamente es seguida por catastróficas pendientes resbaladizas hacia el totalitarismo. De hecho, casi es imposible leer una página sobre el aborto estos días en donde no aparezca en algún lugar la palabra "totalitarismo". Los "abortistas" recuperan en el imaginario religioso las terribles imágenes de las "hordas infernales de Gog y Magog" o de los libertinos sádicos que se alimentaban caprichosamente de fetos humanos.

Pero la reflexión de Singer -no siempre seguida por quienes insisten en el lenguaje feminista de la "pro-elección"- continúa siendo relevante al cuestionar que la mera pertenencia a una especie biológica pueda servir como fundamento de un "derecho a la vida" inalienable. Es lo que se ha llamado "especismo" y que ha servido como fundamento de una ética animal que propone incluso ampliar los criterios morales "más allá de la humanidad". Naturalmente no es preciso suscribir las opiniones de Singer sobre ética animal, o sus recetas socialistas para resolver la pobreza mundial, para tomarse en serio otras partes de su ética naturalista.

El fundamento de la moral, según este planteamiento, no radica en la pertenencia a una especie biológica, sino en la reunión de características naturales relacionadas con la personalidad moral: ante todo lo que llamamos "consciencia", y que de hecho no aparece salvo en el transcurso de la división celular posterior a la fecundación, que da lugar progresivamente a la formación del sistema neuroendocrino, único asiento científico conocido de la conducta ética en los seres vivos. Por eso resulta tan problemático otorgar derechos propios de la personalidad física y moral a la vida microscópica, o incluso a las primeras semanas de vida del feto, por mucho que sí pertenezca a la especie biológica humana. Y por eso el criterio de que la vida humana empieza en la concepción, que es en sí científico, no avala la consideración ética del embrión como persona. En otras palabras, lo fundamental no es el "derecho de las mujeres a elegir", sino el estatuto moral que se esté dispuesto a conceder al embrión.

Como se ha apuntado otras veces, otra dificultad de la "cultura de la vida" es su hipócrita conexión con la misma tradición que justificaba la pena capital o la "guerra justa", negando justamente que la "santidad de la vida humana" -no ya la microscópica, sino incluso la adulta- constituyera un principio moral sin excepciones.

Coincidiendo con las movilizaciones católicas "por la vida", Jon Juaristi ya se había lamentado porque "la invención de las convenciones democráticas" desplazara el ámbito de lo sagrado, redondeando "la victoria del totalitarismo". Y Juaristi articula ahora estas mismas ideas en su última columna de ABC, citando entre otros a Pasolini:
El totalitarismo clásico repartía brutal y arbitrariamente patentes de humanidad, y sacrificaba los excedentes en aras de la sociedad perfecta. El nuevo progresa al compás de la pedantería progre, como temía Pasolini. Pero, de todo esto, habrá que seguir hablando.
Con criterios semejantes que afirman la "santidad de la vida humana" como un principio sin excepciones, no sólo la pedante y "progresista" Europa, también los EE.UU, la mayor parte de los países occidentales donde por fortuna existen "convenciones democráticas" y leyes sobre el aborto muy similares a la española, incluyendo a Israel (unos 20.000 abortos anuales) estarían "redondeando" la victoria del totalitarismo y alejándonos a pasos agigantados de la civilización. Por el contrario, las naciones islámicas, la mayoría de las africanas y de lo que comúnmente conocemos por "tercer mundo", donde menos respeto se tiene por la vida humana no microscópica y donde más cerca se está de la barbarie, se dirigirían hacia la piedad y el verdadero progreso humano. La pendiente no resbala tanto como intuía Pasolini.

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