4 ago. 2008

Sobre ontología y metafísica: Abuso de substancia

Hace mucho tiempo que estoy insatisfecho con las categorías metafísicas que nos han legado desde Aristóteles multitud de comentaristas y filósofos, de Boecio a Ockham, de Locke a Hume y Kant. Me parece que se basan en una noción precientífica sobre el tipo de cosas que existen. En particular, la noción de substancia es muy cuestionable: está basada de modo bastante explícito en la distinción entre la arcilla que emplea un alfarero y las propiedades de una pieza particular de alfarería. Empezando por una actividad centrada en el ser humano, Aristóteles invierte el modo en que son las cosas: pensando que dado que los humanos imputan propiedades -sociales y culturales en este caso- a algunos objetos por el hecho de formarlos, infiere que esto debe ser cierto para todas las cosas. Pero no hay ninguna razón para pensar que el universo es de algún modo dependiente de las categorías humanas.

Además, la doctrina de la substancia, que reaparece en Locke como cualidades primarias, en la filosofía medieval como primera intención, en Kant como lo nouménico, y en la filosofía moderna como categorías, es ideada para oponerse a las doctrinas atomistas que compiten por atraer la atención a través de Demócrito y Epicuro ya en los tiempos en los que escribe Aristóteles. Entonces, el fracaso del atomismo se debe más a la falta de evidencia empírica que al fracaso de la metafísica que implicaba. Y por supuesto sabemos mucho más sobre el mundo físico hoy que entonces. Entonces, ¿por qué seguir agarrándonos a la "substancia"?

El atomismo epicúreo sostenía que las propiedades de los objetos estaba constituída por la suma de las propiedades de sus constituyentes (los átomos). Esta metafísica constitutiva fué rechazada no sólo por Aristóteles sino por los filósofos cristianos, musulmanes y judíos justo hasta la edad moderna. Una de las primeras cosas de las que se acusó a Darwin fué de ser epicúreo. Extrañamente, en cambio, cuando la iglesia católica revisitó la filosofía aristotélico tomista sobre 1870, su primer objetivo no fué Darwin, sino la química daltoniana (es decir, atomista). Y esto cobra sentido cuando uno se percata de que la doctrina de la transubstanciación de la hostia (que la forma externa, o la especie del pan y del vino permanecen cuando la substancia cambia a la substancia del cuerpo y la sangre de Cristo /lo que en el mejor de los casos es una confusión de la metafísica de Aristóteles) descansa en una noción de substancia cuya necesidad es básicamente eliminada por la química.

Por supuesto, la noción fué (perdonadme) substancialmente revisada para ser consistente con la nueva química y física, pero al hacer esto el concepto se convirtió en algo sumamente confuso y vago. Y la filosofía ha intentado tratar con esto desde entonces.

La razón básica a favor del discurso de la substancia es que se precisa algo para sostener a las propiedades. Esto es, la razón por la que tales propiedades son parte de tal cosa y no de alguna otra cosa con las mismas propiedades es que existen sobre substancias diferentes. Según la concepción atomista, las propiedades son aquellas de los constituyentes en conjunto. No hay necesidad de una substancia porque los átomos son los objetos individualizados. Del mismo modo tampoco hay necesidad para universales externos, un átomo es el mismo que otro (en la visión clásica).

Por supuesto, hemos cambiado un poco nuestro entendimiento de los atomos desde Demócrito: Dalton señaló que los átomos eran de distintos tipos, Bohr que los átomos no eran indivisibles, y que existens otras partículas que les proporicionan sus propiedades, y demás. Pero hay un problema, que escuché en una rica y compleja charla con la estudiante de doctorado en metafísica Sharon Ford: Bajo todo esto existen campos, no partículas, y los campos parecen ser un tipo de cosa equivocada para establecer propiedades. Sharon tenía una solución que no intentaré repetir aquí, será suficiente con decir que intentaba aplicar los modelos Minkowskianos para generar objetos persistentes y extensos. Esto es más o menos lo que entendí.

Necesitamos comenzar un conjunto de nuevas categorías metafísicas basadas (¿en qué si no?) en la mejor de nuestra ciencia actual, no repetir las categorías basadas en las meditaciones precientíficas de aquellos cuyo conocimiento residía en la definición de las palabras. Como apoyo, cito el Nuevo ensayo sobre el entendimiento humano de Leibniz (Philoctetes es Locke, Theophilus es Leibniz):
PHIL. 25. Los lenguajes se establecieron antes que las ciencias, y las cosas fueron colocadas en especies (Categorías lógicas) por gente ignorante y analfabeta (cf. Locke, Ensayo III - 6,25)

THEO. Eso es cierto, pero la gente que estudia una materia corrige las nociones populares. Los (químicos) han encontrado métodos precisos para identificar y separar los metales, los botánicos han extendido maravillosamente el conocimiento de las plantas, y se han hecho experimentos con insectos que nos han proporcionado nuevas rutas hacia el conocimiento de los animales. Sin embargo, aún estamos algo lejos de la mitad de nuestro camino.
¿Puedo atreverme a decir que ahora estamos a mucho más que mitad de camino? Las ciencias que tenenos ahora juegan con las propiedades fundamentales de la naturaleza. Estamos en el camino de recrear las fuerzas que generaron el mundo material. Con seguridad esta es una base mejor para la metafísica que sentarse en una butaca para reflejar la experiencia de un doctor de Oxford o un antiguo griego. ¡Yo digo que abajo la substancia, y todo aquello que depende de ella!

- John S. Wilkins. Publicado con el permiso de su autor.