8 ago. 2008

El complejo de Worcester

My dear, descended from the apes! Let us hope it is not true, but if it is, let us pray it will not become generally known.
Parece ser que la mujer del obispo de Worcester exclamó algo así hace unos 150 años (otra versión: "Será verdad que procedemos del mono. Pero al menos que la servidumbre no se entere"). Llamémosle "Complejo de Worcester", muy justamente sintetizado por David P. Barash en L.A. Times, un complejo que se prolonga en el tiempo desde entonces, afecta por igual a los intelectuales de la izquierda y la derecha, así como a muchos científicos profesionales y teóricos de las humanidades.

Hace poco, el autor del blog Biopolítica nos formulaba una insidiosa pregunta (¿Cómo se define políticamente un "evolucionista"?) dando lugar a algunas respuestas provisionalmente caóticas y a una interesante discusión. Con acierto a mi entender, Ruso Docouto esgrimía allí que la biopolítica, como rama de la teoría política, no puede considerarse ya ninguna extravagancia. Mencionaba tres autores que han hecho popular esta "extensión analógica": Steven Pinker, Larry Arnhart y Peter Singer, aunque no cuesta mucho encontrar literatura científica mucho más afinada: Neuroética, Neuropolítica o Neurogobernanza son disciplinas in statu nascendi -y vulnerables a la crítica, por tanto- que no dejan de provocar controversias. Ruso ponía otros ejemplos actuales sobre evolucionismo más allá de la biología: Lee Smolin en la física o Cavalli-Sforza en antropología cultural.

Aunque ésto es algo que a menudo deja perplejos a los biólogos profesionales (en particular pienso en un ensayo de Stephen Jay Gould), lo cierto es que la idea de "evolución" no pertenece originalmente a la biología. Más bien hay una intimidad original entre la evolución biológica y social. Fueron teóricos sociales como Turgot, Condorcet, Millar, Ferguson, Helvetius o d’Holbach, quienes proporcionaron los ladrillos conceptuales que permitieron a Darwin edificar su teoría. Todos estos científicos sociales conocían que las lenguas, las leyes o las costumbres humanas "evolucionaban", es decir, que constituían órdenes sin diseño cuya descendencia se modificaba con el tiempo, dando lugar a transiciones y profundas transformaciones. Significativamente, tanto Wallace como el propio Darwin recibieron la influencia directa de Malthus.

Todavía hoy se diría que muchos teóricos de las "dos culturas" prefieren que la evolución no sea "generalmente conocida". En particular, la idea de que la naturaleza humana influye significativamente en la conducta social (epistemológicamente hablando: que la neurobiología tiene mucho que decir a las ciencias humanas, políticas y morales) todavía despierta recelo y genera constantes malentendidos. Se acepta -en general- el "dogma" evolucionista, pero a menudo a regañadientes, incluyendo cláusulas especiales, enmiendas y omisiones flagrantes. A la derecha liberal le agrada el aspecto individualista y competitivo del darwinismo, pero prefiere menospreciar la selección de grupo o los hallazgos en torno a la reciprocidad fuerte. Los conservadores religiosos temen que el materialismo evolucionista elimine el alma o el "fantasma en la máquina", que consideran fundamentales para preservar el orden social, o bien que "naturalice" demasiado la religión. Por su parte, la izquierda recela constantemente del "determismo genético" y apuesta por una epigenética más benevolente con los poderes de la educación, o por una "plasticidad" en el terreno de la neurociencia compatible con el utopismo de la tradición socialista.

A modo de conclusión, por más que uno se empeñe en seguir siendo "conservador" o "progresista", el conocimiento científico de nuestra especie no parece encajar demasiado bien con la división bipolar del mundo politico. Nos obliga -al menos- a evaluar con esfuerzo nuestras creencias, a no conservarlas intactas, a fundamentarlas de otro modo y en algunos casos incluso a rechazarlas. Pero ésto no significa que aparquemos el sentido común y de la prudencia basada en malas experiencias del pasado:
El hecho de que algo haya sido mal empleado en el pasado no lo convierte en malo, o en incierto. Más aún, aplicar la evolución al entendimiento de nosotros mismos ofrece, por ejemplo, un antídoto potencialmente poderoso contra algunas de las cosas que más teme la izquierda: el etnocentrismo y el racismo. Ésto ocurre porque la evolución enfatiza la comunalidad biológica subyacente que comparten todos lo miembros de la especie Homo sapiens, con independencia de las diferencias superficiales. Lo mismo ocurre con el sexismo, ¿acaso no reside éste en la valoración diferencial de los sexos, pero no en el esfuerzo por entenderlos?