17 jul. 2008

La racionalidad tiene mala prensa

Hace poco confesaba Arcadi Espada en Aranjuez no conocer a más de tres o cuatro periodistas españoles abiertamente reconocibles como "ateos". Algo similar ocurre entre la clase política. En cuanto alguien accede al foro público, se diría que padece la irresistible obligación de aparecer como creyente en un sentido más o menos fuerte, desde los más confesionales, que lamentan la descristianización de Occidente y abominan explícitamente el "laicismo", a los más confusos: "multiculturalistas", "teístas", "deístas" o "agnósticos". El panorama ya fué descrito en su día por Ortega: los hombres pueden tener ideas, pero las creencias son un destino humano mucho más fuerte porque configuran el paisaje de la razón vital.

No sólo el ateísmo. La fortuna de la constelación de nombres asociados con la racionalidad y, en particular, con la crítica religiosa -Robert Redeker también insistía en el fácil deslizamiento del respeto al miedo- no es muy prometedora. Empezando por "racionalismo", que muchos se precipitan a asociar con la guillotina y la Diosa Razón, continuando con el materialismo, vinculado con frecuencia a los crímenes del comunismo, y llegando por último al naturalismo, despachado fríamente como una mitología "cientificista" de la naturaleza. Recelos similares suscita el término "Humanismo secular", entre los propios increyentes incluso.

Pues bien, celebrando el aniversario de Darwin, una blogger del New York Times acaba de proponer que nos libremos definitivamente de uno de los últimos títulos insidiosos de la racionalidad: "Darwinismo":
¿Por qué (el darwinismo) es un problema? Porque es extremadamente confusionista. Sugiere que Darwin fué el principio y el fín, el alfa y el omega, de la biología evolucionista, y que el tema no ha cambiado mucho desde los 149 años de la publicación del "Origen". No lo fué, y sí ha cambiado. Aunque muchas de sus ideas -la selección natural y sexual entre ellas- permanecen como fundamentos de la biología evolucionista, el campo ha resultado completamente transformado. Si pudiéramos regresar en el tiempo y traer a Darwin al presente, encontraría ininteligible mucha de la biología evolucionista, al menos hasta que no encontrara tiempo para estudiar la genética, la estadística y la ciencia computacional.
Por supuesto, Olivia Judson, y los comentaristas de Science blogs tienen razón en lo esencial: la evolución no es Darwin, y el "darwinismo" se ha convertido en una denominación denigrante en manos de los creacionistas. ¿Pero por qué deberíamos renunciar a una apropiación positiva? En cierto modo, este consenso emergente entre los propios partidarios de la racionalidad refleja una pequeña victoria de la cosmosivisión religiosa que exige un paso adelante para recuperar los nuevos términos prohibidos: racionalismo, laicismo, ateísmo, darwinismo, materialismo, naturalismo y humanismo secular incluídos.