13 jun. 2008

Pasión por el grupo

Criticando con parte de razón el esencialismo nacionalista, aseguraba el naturalista Jesús Mosterín que "las naciones no existen".
Existen los territorios y las poblaciones de distintas especies que viven en ellos, incluida la especie humana, pero los humanos que viven en cualquier territorio son siempre de distinta raza, de distinta lengua y demás. Los nacionalistas invierten los términos y piensan que lo que existe es una entidad metafísica, la nación, que es el resultado de la unión mística entre determinado territorio y determinada cultura, y luego, claro, a la población la tienen que meter con calzador para que encaje en esa nación inexistente. Pero ni encaja ahora ni encajó hace un siglo, ni en la Edad Media ni en la antigüedad, porque la gente que ha vivido en cualquier territorio siempre ha estado mezclada.
Mayr explicó que la revolución darwiniana consistía precisamente en pasar del pensamiento esencialista, imperante desde Platón a la escolástica, al pensamiento de las poblaciones, donde las especies de los taxonomistas perdían los contornos definidos y sus límites se volvían negociables. Es ésta variación y "mezcla" de caracteres la que permite que haya evolución.

Ahora bien, del mismo modo que el pensamiento de las poblaciones nos permite todavía hablar de especies, la biopolítica tampoco debería prohibir el término nación, ni muchos menos el de "estado". Extendiendo la analogía, sin "sentimientos nacionales", desde la ambición de conquista al rencor histórico por las derrotas, la geopolítica sería un escenario enigmático. Además, ¿cómo podríamos explicar que pasen cosas así corrientemente cada dos o cuatro años?

Una cosa es "apostar por el individuo", y otra bastante distinta considerar que el individuo flota sobre una historia y una naturaleza inventada por los filósofos, como dijo Spinoza. Esta última actitud sería poco científica.