14 ene. 2008

Libros de moda

Teniendo en cuenta su omnipresencia en la vida de las personas, pocos temas han logrado atraer menos la atención teórica de los sociólogos, los psicólogos y, sobre todo, de los filósofos, que la moda. Quizás la razón arraigue en una predisposición antigua de los intelectuales y los clérigos contra los fenómenos de la moda, rechazados moralmente como trivialidades profanas o como subproductos del capitalismo. De hecho, para una sociedad organizada en castas, la moda presenta el peor de los desafíos, tal y como fué admitido por Tocqueville: "El afán de lujo, el amor a la guerra, el imperio de la moda, las pasiones del corazón humano, tanto las más superficiales como las más profundas, parecen actuar de acuerdo para empobrecer a los ricos y enriquecer a los pobres."

George Simmel fundó la primera "sociología de la moda" sistemática y desde entonces es cierto que no han dejado de ver la luz pequeños ensayos, estudios y monografías, pero faltan enfoques lo suficientemente compactos sobre el significado general de la moda. En el mercado español, el Instituto de Estudios de Moda y Comunicación ha publicado varios títulos de interés desigual; desde una saludable perspectiva histórica aportada por Rene Konig en La moda en el proceso de la civilización hasta los fárragos de Patricia Calefatto, pasando por los juegos de palabras más bien vacíos de contenido a cargo de Gillo Dorfles. Que yo sepa, actualmente carecen de edición española dos importantes volúmenes sobre el tema: On human finery, de Quentin Bell, y A matter of taste, de Stanley Lieberson.

Como es frecuente en las distintas ramas de las humanidades, una de las principales razones por las que no han avanzado demasiado los estudios sobre la moda radica en la desconexión entre las ciencias históricas y las ciencias naturales. Con seguridad, las minifaldas o la coca cola con sabor a cereza no están "en los genes", pero una actitud naturalmente disponible para las modas pudiera ser perfectamente consiliente con nuestra mente en evolución. Empezando por la forma en que los seres humanos se enfrentan a lo nuevo. Los psicólogos Elizabeth Spelka y Renée Baillargeon encontraron dispositivos innatos para detectar las novedades ya en los niños pequeños, que se aburrían frecuentemente ante los estímulos conocidos mientras que avivaban su interés cuando se les mostraba un objeto nuevo. Lo cual parece un prerrequisito de nuestro "nicho cognitivo" para entender la moda como una institución especializada en producir y reconocer lo nuevo.

Steven Pinker sugirió hace una década que la lógica de la transmisión de las ideas culturales podía entenderse mejor bajo el prisma de la epidemiología. Pero el "enfoque epidemiológico" se adapta mucho mejor al análisis de las modas. Las ideas sociales importantes no se contagian simplemente de una mente a otra, sino que prosperan porque proporcionan ventajas en la eficacia biológica de las poblaciones. Esta es la razón por la que es difícil que el catarismo o las religiones que propugnan la extinción voluntaria de la humanidad se "pongan de moda", pero no así versiones cristianas que favorecen la ética del trabajo y el refuerzo de las comunidades morales.

Una moda concreta, desde esta perspectiva, puede ser un rasgo de "ruido" cultural insignificante, pero no la actitud general hacia la moda, presente en prácticamente todas las sociedades incluso desde nuestros antecesores neolíticos, cuando ya se tiene documentado el comercio a largas distancias de objetos de vestido y adorno.