23 sept. 2007

¿Justicia animal?

Nada muestra más la fuerza del hábito para reconciliarnos con un fenómeno cualquiera, que el hecho de que los hombres no se asombren de las operaciones de su propia razón y, en cambio, admiren el instinto de los animales y encuentren difícil explicarlo, simplemente porque no puede ser reducido a los mismos principios que guían la razón. Pero considerando el asunto como es debido, la razón no es sino un maravilloso e ininteligible instinto de nuestras almas.
- David Hume, Tratado de la naturaleza humana

A pesar de que Charles Darwin había incluido el sentido moral claramente entre la evolución de las funciones naturales, muchos de sus mejores seguidores formularon teorías que tendían a separar moralidad y naturaleza. En el lado "conservador", Thomas Huxley comparaba la situación moral de la humanidad con la esforzada labor de un jardinero por preservar su jardín de una naturaleza esencialmente desordenada y amoral. Richard Dawkins, en el lado "progresista", considera todavía que el ser humano es capaz de "emanciparse" de las "maquinas de supervivencia" naturales, y que resultaría bastante indeseable vivir en un "mundo darwiniano" (el subtítulo de esta misma bitácora surge, por cierto, de la confrontación con esta clase de "trascendentalismo" progresista). Antes de Darwin, las ideas contractualistas habían supuesto que el ser humano sólo obtenía su carácter social a través del pacto y su asociación dentro del estado, lo que también entra en contradicción con la noción evolutiva de una especie humana ya socializada desde el origen. Por no mencionar la visión clásica del "alma racional" platónica dominando los instintos como un auriga, o la noción cristiana del pecado original que sólo un nuevo orden de la gracia lograba rescatar.

Sin embargo, tanto la idea racionalista como la sobrenaturalista vienen siendo cuestionadas por las ciencias de la evolución. La capacidad para tomar decisiones morales y "racionales" no están tan separadas como cabía esperar en un compuesto dualista cartesiano. Y si sólo la religión puede suministrar una verdadera razón moral, ¿por qué entonces los ateos no responden de un modo substancialmente distinto cuando se enfrentan a los mismos dilemas que los creyentes? Hoy, la perspectiva de alcanzar "una base más sólida para la moralidad en la biología de la conciencia" alerta tanto a algunas personas religiosas (y profetas sobre el caos moral ateo) como entusiasma a los que experimentan mayor salud y prosperidad dentro de sociedades laicas donde el dogma espiritualista ha dejado de sentirse como una obligación cívica.

Desde que en la década de los setenta E.O. Wilson se propusiera terminar con el "monopolio de los humanistas" en los delicados asuntos morales, el estudio de la empatía, el desarrollo de la moralidad y el cerebro se ha estrechado cada vez más. Rasgos de empatía (problemente vinculados con las "neuronas espejo") y de sentimientos morales primarios entre animales no humanos han sido descubiertos tanto en cautividad como en estado salvaje -si bien el mito del "Buen Primate" también haya quedado en mal lugar tras las "guerras" de Chimpancés registradas por Jane Goodall en los bosques de Tanzania.

Entre lo más interesante de uno de estos últimos estudios publicados, en el que han participado Frans de Waal y Sarah Brosnan, se encuentra el hecho de que no se refiere ya a los "grandes simios" (bonobos, chimpancés, gorilas) sino a primates evolutivamente más modestos como los mono capuchino. Los sujetos respondían sistemáticamente mostrando sentimientos de ofensa cuando eran recompensados con las más valoradas uvas en lugar de pepinos, es decir, cuando el experimentador se saltaba las reglas naturales de reciprocidad, lo que induce a presuponer características elementales de justicia en esta sociedad de primates.

Aunque es claramente prematuro extrapolar este tipo de resultados (al fín y al cabo corroborados sólo en pequeñas muestras experimentales) a las nociones "humanas" más sofisticadas de justicia, proporcionan, en cambio, excelentes referencias para una teoría naturalista y evolucionista de la justicia. Hay al menos dos rasgos esenciales de la justicia humana que no se reducen al tipo de moralidad animal documentada por Brosnan o De Waal: el alto grado de abstracción presente en el juicio humano y nuestra capacidad para "expandir el círculo" de los iguales más allá del grupo originario o la familia biológica extendida. Pero, si la razón etológica de la justicia no desentraña todos sus misterios, al menos sí sirve para bajarla de lo alto (la justicia no ha sido creada) y para dejar de considerarla una "construcción humana" arbitraria (la justicia no ha sido diseñada).